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EL RINCÓN DE MIS PENSAMIENTOS

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SOLAMENTE PRUEBA

SOLAMENTE PRUEBA

Es irracional, ya lo sé. No me digas que no me entiendes, que no comprendes lo que me pasa, porque yo tampoco sé la respuesta. Y eso, es todavía más frustrante. Estar mal sin tener motivo, sentirte vacía sin saber porqué, y teniendo solo ganas de llorar.

 

Los medicamentos pueden tener efectos secundarios. Puede ser un efecto secundario de la soledad, pero ¿miedo a ella? No creo. Puedo estar sola, de hecho, cuando me llaman y me dicen “voy a verte” respondo con un “No” convencido, tajante y a la vez, discreto. No quiero preocuparme por el aspecto que tengo, no tengo muchas ganas de hablar, de decir como estoy, si me duele, si me estoy tomando todos los medicamentos… solo quiero estar sentada viendo tranquilamente una película, y con alguien a mi lado, pero alguien que me deje todo ese espacio, con el que no tenga que fingir, con el que pueda sentirme yo, liberada, disfrutando del silencio. Pero en realidad, del silencio compartido. Eso es lo que quiero, eso es lo que me pasa. Que dentro de la burbuja que he creado porque he querido, porque he decidido hacerlo, no cabe todo el mundo. No siempre se puede dejar de ser políticamente correcta con las personas que acuden, aunque entre esas personas exista un fuerte lazo de amistad.

 

Así que, si quieres entrar hoy, llama primero, porque no sé si tengo disponible una llave.

LA MALA SUERTE ME PERSIGUE...

LA MALA SUERTE ME PERSIGUE...

¿Os ha pasado alguna vez que un día cualquiera, de un mes cualquiera, de un año cualquiera… os levantáis pensando que va a ser un gran día, y a la hora de acostaros os dais cuenta de que ha sido todo lo contrario? Pues bien, así llevo yo con este, dos días seguidos. No, efectivamente no ha habido ningún descanso y, ¡ojala!, porque de verdad lo necesito. Tal vez, por eso lleve las once horas desde que me he levantado pensando que hoy es viernes, cuando ¡solo estamos a martes! Si, martes, puffff…

 

Pues bien, tal vez os preguntéis que me ha pasado en este tiempo…y os lo voy a contar. Ayer me levante, comenzaba un curso de doctorado en Madrid, en la Autónoma. Estaba ilusionada, porque allí tal vez encontraría: ambiente universitario por fin, por otro lado, un nuevo lugar, gente nueva, profesores nuevos…no sé, los primeros días, siempre me han creado muchos nervios, y miedo a la vez, pero un miedo con un toque de aventura, de imaginación, de emoción. Así que allí estaba yo, a las siete y media de la mañana tomando mi leche con galletas, pensando en si me perdería en el tren o en la universidad  (para la orientación no ando mal, pero he tenido muchos sueños de que me equivocaba de trenes, por lo tanto, creo que me persiguen). Salí de mi casa con mi bufanda casi tapándome la cara, y la mochila con todo lo que iba a necesitar en el día, puesto que luego tenía clase por la tarde en Alcalá, y nada más salir me esperaba el gimnasio.

 

Saque el billete, monte en el tren y en más o menos tres cuartos de hora ya estaba en Chamartín. Bien, ahora tocaba buscar el andén que iba a Cantoblanco, aunque eso era fácil porque normalmente es solamente el cuatro. Salí corriendo para ver si me daba tiempo coger el que estaba allí parado, pero como no, se fue antes de que llegara. Por lo tanto, esperé diez minutos más y por fin me subí. Según mis cálculos, tendría que haber llegado a la universidad a las nueve y media o diez menos veinte, pero no, llegué allí a las diez menos cinco, por averías en la vía dijeron.

 

Salí medio corriendo entre la gente, el primer día, y ya llegaba tarde, porque no sabía la clase, tendría que preguntar, perderme por la universidad, esas cosas de los primeros días. Pero no fue así, nada de ello ocurrió como me lo imaginaba.

 

Cuando llegué me acerque a información: “perdona ¿la clase de doctorado que comienza hoy, sabe en qué clase es?”  Tras contarle a la secretaria como se llamaba el curso y las profesoras que lo impartían, me miro y con una cara de interrogación y me dijo: “pues las profesoras no han llegado, y no tengo ni idea de que clase es. Espera unos minutillos a ver si llegan”. Y exactamente eso fue lo que hice, esperar. Espere diez minutos, y tras ellos, volví a preguntar, tras la negativa, volví a esperar otros quince minutos. Y nada se sabía de ellas, tal vez se habían tomado el día sabático, o tal vez, la secretaria no tenía ni idea de nada.

 

Así que tire de agenda, y de alguien que tuviera Internet, y tras varias llamadas fallidas, di con una persona: “por favor, mírame en que clase es, a ver si ha empezado y yo llevo más de media hora esperando en una sala como una tonta”. Tras decirme donde se impartía el curso, salí corriendo a buscarlo, y por el camino me tope otra vez con aquella secretaría…desvió la vista, no quería ni encontrarse conmigo, no sabía cómo decirme: “Mira hija vuelve a tu casa que no pintas nada aquí”. Pero no la deje, la obligue a que me llevara hasta esa clase, bueno, mas bien, creo que la di pena y me llevo porque yo en ese momento era como un perrillo desvalido perdido en algún lugar.

 

Pero, por fin, estaba ante la puerta, ya solo tenía que llamar, esperar dos segundillos y abrir la puerta para decir… ¡está cerrada! ¿Por qué? ¡Si la profesora me mando un mensaje que ponía que había habido un error en los horarios y que comenzábamos el día uno, lunes, en vez del dos como estaba puesto. Es decir, todo había sido super personalizado hasta ese momento, en el que, mi hora y media de viaje había dado igual, y mi más de media hora esperando a que alguien me dijera algo había pasado sin ninguna noticia.

 

Bueno, tranquila Lara, pensé, voy a esperar hasta las once que quedan cinco minutos, por si acaso el horario estaba mal y empieza una hora más tarde. Así esperando, estuve hasta las once y cuarto, por si las profesoras llegaban tarde o también se habían perdido buscando la clase, o el tren se había retrasado…quien sabe, a cualquiera le puede pasar.

 

Después de esto, me decidí a regresar a casa, ahora con más frio que antes, harta de esperar, con una nueva avería en el tren, con más de hora y media de camino. Hasta que llegue a casa de mis abuelos, a ver si como siempre, habían hecho mucho de comer y tenían un plato para mí, aunque había avisado que ese día no iba a comer. Pero bueno, improvisó y comí bien, por eso de que las abuelas son las que mejor cocinan claro.

 

A  las tres estaba en el autobús de camino a la universidad de Alcalá, ¿Cuántos km llevaba hoy? Una vez cuando estuve allí, la clase fue normal, bueno dentro de lo normal que puede ser una clase, porque estábamos sentados, con una profesora, y viendo lecturas. Pero creo que hablar del rol, de los videojuegos, de las realidades…no es el tema más normal de una clase, pero resulto interesante.

 

Al salir de allí, lo hice corriendo. El gimnasio me esperaba, y mi madre con él. Se supone que nos apuntamos las dos juntas para obligarnos a ir, así que teníamos como un pacto: “no podíamos faltar”. Cuando llegué, ella ya se iba, porque claro, más de media hora esperando no está nadie, solo alguien como yo, que se tira más de una hora con la idea de que tiene clase y que tiene que ir… el sentido de la responsabilidad, supongo.

 

La noche fue tranquila. Para resumir.

 

Pero hoy, contaré más bien a partir de las cuatro de la tarde porque la mañana ha sido de reflexión continúa. Mientras veía la tele después de comer, he pensado: “llega Navidad, seguro que ahora hay un montón de promociones, voy a rellenar eso de azafatas y promotoras, para sacarme unas pelillas los fines de semana, y así hacer buenos regalillos para navidades y contribuir a sobrellevar la crisis en mi casa”. Así que me pongo a ello, datos personales, experiencia, hobbies, foto actual… ¿Foto actual? Hago un repaso por todas las fotos que tengo. Esta no, esta tampoco, esta salgo haciendo el tonto, esta se ve de fondo los peluches, en esta estoy fea,….bueno, no pasa nada, cogeré la cámara me hago ahora mismo una foto y la pongo, y ya está.

 

Y comienzo a pensar, “bueno como luego me iba a lavar el pelo, me lo lavo ahora, aunque no me apetece mucho (porque me gusta ducharme por la noche) y ya está”. Enciendo corriendo la calefacción para que no haga tanto frio al salir, me ducho, me peino, y…” ¿maquillaje? Bueno, me echare un poquillo, para darme color, que en invierno una está muy pálida”.

 

Me hago miles de fotos, todas mal. No sé de qué me sorprende, nunca he sido muy fotogénica, pero bueno, las que salgo mejor son las que me hago desde arriba, pero parecen poco serías, no sé. Vuelvo a mi ordenador, reviso otra vez todas las fotos y las vuelvo a descartar.

 

Pienso, “tal vez, si quito el espejito que tengo en la pared…con todo el fondo blanco quede mejor…lo probare…” lo hago. Más fotos: sonriendo, sería, media sonrisa, de lado, desde abajo, de perfil, de medio cuerpo, de cara…nada, no me convence. Coloco otra vez el espejo, me doy la vuelta, me dirijo otra vez al ordenador, y un ruido se levanta sobre mí. ¡El espejo! No quiero mirarlo, me encanta ese espejo, el color, la forma, la luz que tiene (porque está cerca de la lámpara), la altura, la persona que me lo regalo, es…tan perfecto.

 

Me doy la vuelta lentamente y allí esta, estampado contra el suelo, hecho cachitos, “está muerto” hubiera dicho mi hermano, y además bien muerto. Miles de cristalitos por el suelo de mi habitación. Mi cara de tonta no deja de mirarlo… ¿por qué? ¿Por qué todo a mi hoy?

 

Al final, subo una foto que estoy horrible, pero ¿qué esperan?, han puesto foto actual ¿no?

PARECIDO A UN SUEÑO

PARECIDO A UN SUEÑO

Tú te alejabas de mí, no sabía el porqué, tan sólo llamé a tu puerta y me abrió una persona que no eras tú. “Lo siento, se ha ido. No te puedo decir a dónde, porque no nos dijo nada. Solo sé que tenía que coger un tren rumbo a algún lugar donde pudiera desconectar de esta ciudad, de este aire. Me dijo que no le buscaras”

 

¿Cómo no te iba a buscar? ¿De verdad esperabas eso de mí? En ese momento me dio igual, fue como cuando le dices a un niño que no tiene que hacer algo y va corriendo con media sonrisa a descubrir el porqué de la prohibición. Así pues, salí apresuradamente para coger el primer autobús que me llevará a la ciudad, donde esperaba encontrarte.  Mientras miraba por la ventana, pensé que tal vez tuvieras alergia al polen y por eso te ibas justo hoy, al inicio de la primavera. En mi interior intentaba buscar razones tontas, explicaciones graciosas que justificaran tu marcha, lo que fuera con tal de no pensar que en realidad, te habías cansado de mí, que no querías volver a verme.

 

Una vez que llegué a mi destino, baje corriendo, me tropecé, me caí al suelo. Estas malditas chanclas no eran las más apropiadas para realizar una maratón, así me las quite, las escondí en un matorral con la esperanza de que estuvieran allí cuando volviera. Ahora notaba los baldosines en mis pies, las pequeñas piedras, alguna que otra hoja de árbol…pero todo me dio igual, porque en aquellos momentos no sentía nada.

 

Me estaba acercando a la estación. Tenías que estar allí, imploraba que estuvieras allí. Había una gran multitud de gente, unos con maletas porque se marchaban de viaje, otras esperando a ver el tren que traía a sus familiares, algunos pidiendo limosna,…, pero no había rastro de él. No era posible, tenía que estar allí, le podía sentir, le veía mirándome con su sonrisa, con sus brazos abiertos dispuestos a abrazarme, a darme un beso en la frente mientras me agarraba cada vez con más fuerza, como si quisiera que me quedara siempre a su lado. ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué? ¿Por qué? Daba vueltas, o más bien, todo me daba vueltas. De repente me vi sola en medio de aquella estación, descalza, llorando de impotencia al no poder dar contigo. Me senté en el suelo y espere, espere a que vinieras a rescatarme, pensé en aquellas películas donde siempre aparecían los protagonistas  en el último momento, cuando uno de ellos estaba a punto de tirar la toalla. Pero no ocurrió, no esta vez. Te habías ido.

 

Finalmente comprendí que debía irme, que no pintaba nada en aquel suelo, en medio de aquel lugar. Me habías abandonado, tú a mí, sin ninguna explicación. Entonces ¿por qué venía yo a buscarte? ¿A suplicarte que no te fueras? ¿A decirte que todo cambiaría y que pondría todo por mí parte? ¿Qué iba a comportarme de otra forma? Y caí en la cuenta, de que no podía o que más bien, no quería, porque para mí, todo era perfecto a tu lado.

 

De esta forma, me levante lentamente, me coloque el vestido un poco en un intento de mantener mi dignidad, aunque no lo logre. Me fui con la cabeza gacha, los hombros echados hacia adelante, y dando pasos cortos con mis pies descalzos. La gente pasaba a mi lado, aunque no les notaba, sentía que algunos me miraban con extrañeza pero me dio exactamente igual, acababa de perder todo, acababa de darme cuenta, que me lo había jugado todo a una carta y lo había perdido.

 

Pero justo al cruzar la calle, y atravesar el parque, alguien se me acerco. Me abrazo, no me dijo a penas nada, tan solo “lo siento”. Entonces comprendí que era él. No había cogido aquel tren, no había decidido abandonarme, estaba conmigo, a mi lado. Le abrace tan fuerte como pude, deseando en aquellos momentos que no volviera a escapar, que no volviera a irse. Mis ojos dejaban caer lágrimas, pero en mi boca se dibujaba una sonrisa. Cuando pude separarme un poco, vi su cara, allí estaba, era él. ¡Era él! Le toque, me pase media hora recorriendo su cuerpo para convencerme de que estaba allí.

 

Sobraron las palabras, ya tendría tiempo de que me contará el motivo de su marcha tan repentina. Ahora, solo quería pasear con él. Me dijo que pusiera mis pies sobre sus viejos zapatos, que él me llevaría donde fuera, así que fue lo que hice. Me deje llevar, y me dejaría llevar siempre con él.

 

Al final resulto ser como las películas, ¿pero qué hubiera pasado si se hubiera marchado? Deseche la idea de mi cabeza, sólo quería disfrutar de ese reencuentro, ver los árboles llenos de flores, el movimiento de la gran ciudad, estar en sus cálidos brazos, sus besos apasionados, su sonrisa perfecta, su olor penetrante,…, sólo estaba pendiente de él, de sus movimientos, y de su corazón.

 

Cuando nos dimos cuenta de que estaba oscureciendo decidimos volver. Esa noche se quedaría en mi casa, no volveríamos a separarnos. Corriendo finalmente para coger el autobús, me acorde de mis zapatos, y decidí dejarlos allí, ya me compraría otros más cómodos, que permitieran correr en cualquier momento.

HASTA LA MUERTE

HASTA LA MUERTE

Un día recibí una carta que decía lo siguiente…

 

“Querida amiga:

Hace muchísimos años que no nos vemos, pero no pienses que por ello he olvidado los helados que nos tomábamos en aquella terraza cercana a la plaza, ni me he olvidado de  las innumerables veces que nos hemos perdido en conversación cargadas de palabras inventadas. No creas que he sido capaz de romper las cartas que nos escribíamos en clase, estando todo el día juntas, y en las que el tema principal era que chico de clase nos gustaba más. ¿Te acuerdas de nuestros recreos? Subiendo y bajando escaleras porque según nuestros profesores nuestro colegio era el que más nivel tenía en todo el pueblo (dado que tenía muchas plantas) y que cierto era…, lo recuerdo como si fuera ayer, subiendo aquellas escaleras, con las mochilas cargadas de libros y rezando que pusieran algún día un ascensor, por esta razón pienso que aparte de mucho nivel también éramos las niñas  más en forma.

Es bonito pensar en todo aquello, es bonito ver las fotos, que nos recuerdan las innumerables excursiones que hicimos, la mayoría de ellas a una granja escuelas de la comunidad, debe ser que el tema de los animales era muy importante, aunque ahora, como ves, que se extingan nos da un poco igual…y es que, como cambian los valores de cuando eres un niño a cuando vas cumpliendo años.

En estos momentos, tal vez te preguntes a que viene esta carta, después de dieciocho años sin vernos, después de tanto tiempo separadas, y creo que te mereces una explicación. Y es que hace dos meses acudí al hospital. Al principio no parecía nada grave, “una revisión” decían, para descartar ciertas cosas que todo el mundo se callaba y no me explicaban, ya sabes cómo va esto. El resultado una simple frase: “Señora tiene tres meses de vida”. Así es, tan simple… un sujeto, un verbo y una sentencia de muerte, que me ha hecho sacar viejos álbumes, desempolvar esa caja de cartas que nos escribíamos, ir a visitar el colegio donde tan buenos ratos he pasado, visitar la plaza, la tienda de la esquina donde quedábamos, el lugar donde me dieron mi primer beso y que luego te relate por teléfono con todo lujo de detalles… en resumen, echo una mirada atrás para buscar en mi vida, todos los momentos felices que he tenido, y he descubierto que en ellos una figura principal fuiste tu, porque siempre estuviste conmigo, porque cuando eres pequeño tu escala de valores no es la misma, y porque en aquellos momentos tú la compartías conmigo. Teníamos sueños y los alcanzábamos, y hablo en primera persona del plural, porque lo hacíamos juntas. Compartíamos nuestras metas, nuestros anhelos, y por ello, no veía el egoísmo, no nos poníamos la zancadilla,…, todo era tan simple, tan fácil, tan distinto a como es todo esto ahora…

Mi sentencia, en cierta parte me ha liberado, porque vivimos en una sociedad demandante, donde nuestro trabajo no lo hacemos por nosotros lo hacemos por necesidad, no nos auto realizamos, siempre dejamos en un segundo plano aquello que de pequeños teníamos en lo más alto del pedestal, y en cierta forma, estos tres meses, me han hecho liberarme de mis responsabilidades, y hacerme consciente de mis deseos. Y entre ellos, siempre ha estado escribirte, aunque nunca encontraba el momento, decirte que te echaba de menos, que me hacías falta, que quería ir a un zoo a volver a ver animales, y a contarte todos mis besos con todo lujo de detalles.

Viendo la cuenta atrás, solo desearía que te quedases con nuestros recuerdos, que no me olvides, y que cuando tengas tiempo vengas a recogerlos, porque los he guardado en varias cajas para que puedas recordarlos con cariño, te las he puesto en cajas con un lazo rojo en el armario de la entrada. Aunque si es posible ven pronto, porque me gustaría dártelos en mano.

Con cariño, tú amiga.

Helena”

 

Pero ese día llego tarde, problemas con el correo, tal vez hubiera sido más fácil escribir un email, pero ya se sabe, queda menos romántico. Cuando llegué, su casa estaba medio vacía, se estaban llevando los muebles, la ropa, todo estaba desordenado, acumulado en montones, según me dijo su madre más tarde, ella lo había pedido así, no quería que se la llorará, no quería que nadie entrará en su casa pensando que algún día volvería, porque no iba a ser posible. Solo pidió que se respetara una cosa, el armario de la entrada.  

Parecía una gran oficina de correos, con paquetes, encargos,  pos-it que indicaban el destinatario de cada regalo… y entre todas esas cajas, allí estaban, dos con lazo rojo, que ponían: “Para mi gran amiga Beatriz, me hubiera gustado volver a verlas juntas”.

Las cogí, no espere a que su madre me las diera porque sabía que eran para mí, y entonces comencé a llorar. Porque no las necesitaba para acordarme de ella, no quería nada de aquello y a la vez lo necesitaba todo. Me odie por no haber llegado a tiempo, por haber dejado que la cinta que nos unía se hubiera alargado demasiado, y es que sale una sonrisa en mi boca cada vez que recuerdo esa vieja dedicatoria que poníamos en las carpetas “desde tu casa a la mía, hay una cinta celeste que pone: amigas hasta la muerte”. Que ¿Irónico me parece todo aquello? No sé si es la palabra adecuada, pero me parece un gran juego. Hasta la muerte, cuando ha sido ella la que nos ha vuelto a unir de alguna forma, y cuando es la que en muchas ocasiones nos devuelve nuestros recuerdos y a nuestros amigos.

ESCONDIÉNDOME

ESCONDIÉNDOME

Hoy he estado a punto de tirar la toalla, de dejarlo todo. Porque sentía que no podía más. Me agobio, me canso de mí misma, qué  más da lo quiera o  lo que sienta, si luego no lo hago. Qué más da lo que desee, si no lucho por ello. A veces me meto en una burbuja y necesito que entre gente, pero en realidad, no la dejo, porque no quiero arrastrarla a mi tristeza.

 

Si, hoy me he levantado así, triste. ¿Cuál es la explicación? No hay ninguna, simplemente no me apetece hablar, no me apetece estar con nadie, pero a la vez grito que quiero un abrazo. Es algo incomprensible, o por lo menos a mi me resulta así. Es como estar y no estar. Pienso en cosas que podría hacer para salir de ella, y en realidad, es como si no quisiera. Me tiene atada. Enjaulada. Creo que llevo todos estos días un ritmo tan frenético que no me he puesto a pensar que es lo que quiero verdaderamente, y ahora que puedo, ahora que por fin es sábado, pido que pase deprisa para no poder pensar, para no plantearme cosas, para no caer en este bucle.

 

Necesito hacer muchas cosas. Mantenerme activa, por ello busco actividades, lleno mi agenda, quedo con gente… y todo por no quedarme a solas conmigo misma, porque sé que en cuanto disponga de un momento, ese se convertirá en un nublado en negro.

 

Llena de inseguridades, llena de miedos, así es como me siento. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué se hace para dejar de tener miedo? ¿Qué se hace para pensar en ti sin pensar que eres una egoísta? No sé hacerlo, de verdad, que no soy capaz, porque en el momento que pienso en los demás me doy cuenta que soy aquella que siempre intenta complacer al resto, y cuando pienso en mí, yo misma me recrimino que soy una egoísta, ¿entonces? ¿en qué pensar?. Al final siempre termino igual. Escondiéndome de todo, y sobre todo de mí  misma.

INTENTAR SER FELIZ, ECHANDOTE DE MENOS

INTENTAR SER FELIZ, ECHANDOTE DE MENOS

A veces esperamos cosas de la gente que nunca llegamos a recibir, a veces nos quedamos esperando unos minutos para comprobar que volverá a llamar, que volverá a entrar por la puerta, a veces esperamos que al salir ese alguien venga por detrás sólo porque quería darnos una sorpresa. Pero en muchas ocasiones ese “a veces” se convierte en un siempre, y ese siempre se da de bruces con un nunca.

 

Es nuestra gran manía, esperar callando, esperar sin decir, soñar con sorpresas, que la otra persona no nos da porque no sabe que en realidad las estamos esperando. No todos somos iguales, ni esperamos los mismos los unos de los otros. Nos formamos nuestras expectativas, nos ilusionamos solos, y luego cuando no se realizan nos oprime la desazón y la tristeza. Y ahora, es cuando deberíamos decir, eso tan famoso de “que tonto es el género humano, porque tropieza dos veces con la misma piedra” aunque, llegado este momento, me conformaría si sólo fueran dos las veces que me cayera.

 

En ocasiones he pensado en cuando digo “no”, poner una notita a mi lado que ponga: ¡estoy mintiendo, de verdad, quédate conmigo. Si me importa que te vayas. En realidad no comprendo porque no vienes a comer. Te echo de menos cada segundo que no estás conmigo. Y en realidad, aunque te digo que no pasa nada, pasa todo, porque pretendo que me adivines lo que pienso y no lo haces”.

 

Adivinar, esa es la clave, te daría poderes para que leyeras mi mente. Porque a veces, no digo las cosas para hacerme la comprensiva, para hacer que te entiendo, y al final acabo cayendo en lo de siempre, en mi egoísmo, porque en realidad sé lo que quieres, sé porque no vienes a comer, o a dormir, o el porqué de tu partida, pero siempre al fin y al cabo, vuelvo a mi perspectiva, a echarte de menos y entonces vuelco contra ti, el que no hayas adivinado lo que siento, el que no me hayas considerado, el que no hayas entendido que no quería que te marcharás.

 

Y ahora, escribiendo esto me doy cuenta, de que lo entiendes perfectamente, de que me conoces mejor que nadie, y que en realidad sabes cuando digo sí, pero te grito sin que me oigas que no. Pero ya ves, es la gran lucha interna que mantengo. El intentar ser feliz echándote de menos.

¿INCOMODIDAD?

¿INCOMODIDAD?

Un sillón demasiado duro, una cama muy blanda, una china en el zapato, una pestaña en el ojo, la música demasiado alta, el ruido del aspirador por la mañana, las obras debajo de tu casa, los silencios muy largos, las largas esperas, llegar a una fiesta que creías que era de disfraces disfrazada de bruja cuando todo el mundo lanza contra ti esa mirada inquisitiva del porqué de tu atuendo, las miradas intensas, la gente que invade tu espacio vital, cuando te cuentan un chiste y no lo pillas y te ríes por sintonizar con los demás…, hay multitud de cosas que me hacen que me sienta incómoda, y mi duda es, ¿Qué puedes hacer contra ellas?

 

¿Huyes de las situaciones? ¿cómo si fueran ellas las que te acechan, las que corren detrás de ti?, o más bien ¿te enfrentas a ellas?, para simular que tu eres más fuerte y que puedes sobrellevarlas, aunque al estar ante este estímulo te provoque cierta urticaria, malestar, agresividad y te crispe.

 

¿Qué hacer? ¿Qué camino tomar? ¿Pasar un rato malo, siendo la mejor actriz del reparto? O ¿andar? Porque a veces evitar esta mejor que luchar.

 

Pido respuestas o soluciones….

DOS ALMAS

DOS ALMAS

No suelo hacer estas cosas, pero esta vez tengo que copiar. Buscando por internet he encontrado este texto que como me ha hecho tanta gracia he decidido trasladarlo aqui para que lo podais leer todos, espero que os guste.

DOS ALMAS
Por Luis Buero


Cansado de tantas frustraciones amorosas, había decidido no volver a interesarme por una mujer. Por culpa de la publicidad televisiva, las películas condicionadas y algunos chistes verdes, me resultó imposible enfrentar yo solo, la soledad..

 


Entonces, desde que Ella y Yo somos novios, encaro esta relación de pareja de otra manera. Ella también ha sufrido mucho y si bien tenemos caracteres totalmente opuestos, ella ha dejado que determine el curso de nuestras vidas.

 

Sabiendo que el amor eterno dura, más o menos, dos años, o treinta meses, no más, la técnica que utilizo para que nuestra unión perdure es la del desencuentro. Por ejemplo, un sábado la llamo por teléfono antes del mediodía y le digo las palabras de amor más bellas que un humano pueda imaginar. Con aire romántico, no olvido elogiar las partes de su cuerpo que más venero, provocándole una gran ansiedad.

 

 

Luego propongo encontrarnos en la zona de Retiro, digamos, junto a la Torre de los Ingleses, entre pajueranos y marineros.


Pero ella sabe, (sus venas y nervios lo saben), que yo no iré, que investigaré en el mapa de la ciudad cuál es el lugar geográficamente opuesto y desesperado, como si en realidad fuera allí donde la cité, la rastrearé por todas partes. Quedaré desolado.
Ella, por su parte, me esperará infructuosamente en el sitio indicado, y volverá amargada y tensa al hogar.

 

Otras veces le he dicho que voy a estar caminando por la avenida Rivadavia del 4200 al 5500, entre las seis y siete de la tarde. Si quiere verme deberá caminar en el mismo sentido o de manera inversa en ese horario. Pero como supone que puedo haber entrado en un bar o negocio, estar sentado en un gran banco de la Plaza Lézica o recorriendo un shopping nuevo, o paseando por las galerías de José María Moreno, estará nerviosa y expectante todo el tiempo.

 

Ella, a su vez, me ha citado en calles sin nombre y sin número, o cortadas tan pequeñas que ni figuran en los mapas, o frente a un barco rojo o negro en el puerto de La Boca, o frente a cierta tumba sin flores del cementerio de Avellaneda.

 

Nos hemos intentado ver en los ascensores de la firma Olivetti, en la tribuna popular de Boca un domingo en pleno clásico, en los pasillos del laberíntico Ministerio de Bienestar Social, en las salas de la Biblioteca Nacional, en las escaleras de la Caja Nacional de Ahorro, frente a la Casa Rosada un primero de mayo de aquellos en los que todavía los presidentes convocaban a las masas, durante una peregrinación a la Basílica de Luján y en la estación Plaza Miserere a eso de las siete de la tarde, cuando los hombres suben a los trenes como ovejas espantadas. Fijamos como fecha posible para nuestra boda, el día en que vuelvan a juntarse Los Beatles.

 

Desde que empezamos el noviazgo, hace siete meses, solo la he visto cinco veces, de las cuales dos son válidas y circunstanciales, pues de las otras tres, dos fueron reuniones de familia y en la tercera hice trampa.

 

Pero en esas dos, en esas dos verdaderas, nos amamos hasta la locura, nos mordimos las lágrimas y las manos, y juramos, entre besos, seguir buscándonos toda la vida.