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EL RINCÓN DE MIS PENSAMIENTOS

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NUNCA HE TENIDO DERECHO A LAS PREGUNTAS

NUNCA HE TENIDO DERECHO A LAS PREGUNTAS

El otro día leí esta frase en un libro: “nunca he tenido derecho a las preguntas”. Y entonces caí en  la cuenta que yo tampoco, o por lo menos no contigo. Fue una batalla intensa en la que se lanzaban interrogantes y yo debía contestar rápidamente, enlazando mis pensamientos, hilando lo más aprisa que podía cada palabra, cada frase. Al final, el resultado quedaba inundado por grandes incoherencias que no tenían ningún sentido.

 

De esta forma, fuiste navegando en mis palabras y cogiendo solo aquellas que más te convenían. Y hoy me doy cuenta que en realidad la persona que se protegía detrás de tantas cuestiones eras tú. Rodeada siempre del misterio que te envolvía, detrás de esos ojos que intimidaban, detrás de tu posición de brazos cruzados que daba poca confianza para acercarse. En realidad, eran tu escudo y a la vez eran tus armas… y yo, simplemente un juguete, un simple muñeco que jugaba a esquivar las balas, a intentar buscar huecos donde tú los cerrabas.

 

Hoy me pregunto, porque no lance una defensiva, un ataque frontal,  un batallón de esos que salen en todas las películas. Porque no fui capaz de defenderme como tú lo hacías, aunque claro, yo no tengo tus ojos penetrantes, yo muestro mi miedo, yo me asusto y, como lo hago te lo muestro. Entonces tú, aprovechas y te haces más fuerte, más grande, más poderosa.  Llegas a ocupar todo el espacio a la vez que yo me reduzco a una milésima parte de la habitación, y quedo enjaulada en un rincón de ella.

 

Esas son mis circunstancias, esas son las que me aprisionan, las que me riñen, las que me tienen atrapada y arrinconada contra una pared. ¿Qué podemos vencerlas? Está claro que sí, porque si no, no estaría aquí, además las dificultades están para eso, para vencerlas y no para que nos venzan.

¿SIGO SIENDO?

¿SIGO SIENDO?

Ayer descubrí que ya no era la misma. Las fotos ya no reflejaban lo que era ahora, ni reconocía mis escritos, por más que los leía. Todo había cambiado. Mis peluches de la habitación fueron desapareciendo poco a poco, las muñecas fueron guardándose en pequeñas cajas con una cosita de esas para que no puedan atacar las polillas y, la habitación fue llenándose de libros, pequeños adornos y algún que otro aparato electrónico de esos que sirven para el entretenimiento.

 

La pregunta que surgió en mi mente parecía evidente, ¿quién soy? Podía mirar atrás y saber quién había sido todo este tiempo, la hermana que pinchaba siempre a su hermano en busca de unas risas, la prima que escuchaba, la nieta que siempre estaba haciendo el ganso en casa, y ¿ahora?. Creo que ni tengo tiempo para ser. Siempre me creí libre y ahora es cuando más atrapada me encuentro. Es verdad que cuando creces también crecen tus responsabilidades, pero en este momento, creo que han crecido demasiado, porque soy incapaz de hallarme.

 

Me dejo llevar por una agenda llena de cosas por hacer, por mandatos que mandan realizar antes de ayer, por reflexiones que me obligan a pensar cuando no se dan cuenta que para reflexionar debe existir un tiempo, y precisamente ese tiempo es el que dedico a dormir.

 

Alguien me dijo que entre la noche y el día no hay pared, yo creo que sí, porque por mucho que se quiera hacer, cuando llegamos a  un punto de “saturación”, dejamos de funcionar.  La mente se bloquea, pasas el tiempo haciendo cualquier cosa que no sea lo que te dictan, buscas esos minutos escasos donde poder apoyar tu mente y dejarla descansar, tan sólo para intentar encontrar esos momentos que eran tuyos, esos en los que disfrutabas colocando todos los playmovil y luego los desmontabas, en los que te pasabas una hora cambiando vestiditos a una muñeca buscando cual le quedaba mejor, esos momentos en los que te pertenecían, en los que nadie ponía todo su esfuerzo por ocuparlos, porque sabían que eran necesarios.

 

Ahora, después del tiempo, todos se empeñan en llenarte las hojas, en descargar en ti todo lo que a ellos le sobra para poder disfrutar de dos horas de descanso al día, y mientras, yo voy desapareciendo paulatinamente, dejo de ser, para convertirme en un robot, que apila las tareas a un lado y las va completando a la vez que avanza el día.

 

¿Mi único momento de descanso? Este, el que dedico a manifestar que no tengo tiempo, pero el que me deja entrever algo de lo que sigo siendo.

NUNCA TE PEDIRÍA NADA, PORQUE SE QUE ME DARÍAS TODO

NUNCA TE PEDIRÍA NADA, PORQUE SE QUE ME DARÍAS TODO

Es inmensa, me atrapa, no me deja salir. En cuanto pongo un pie en el suelo, me pide que vuelva, que no me vaya aun, ¿y yo? No puedo defraudarla, vuelvo a ella, y cuando lo hago me pierdo.  Es lógico que no me encuentres, es cierto que desaparezco. Mi cuerpo lo puedes ver, pero yo he dejado de ser.

 

Me quedo tendida entre sabanas blancas, y mis brazos alrededor de tu cuerpo. Pero mi mente, necesitaría una brújula para encontrarse. Porque no encuentra la salida entre tantas sensaciones que despiertas, entre tu olor, tu voz, tus manos, creo que intenta guardar cada milésima de segundo, creo que debe atender a demasiadas cosas, y por ello, no encuentra la puerta con la luz característica que deja ver la palabra de “Exit”.

 

Necesitaría millones de carteles, miles de indicaciones, para dejar de abrazarte. Para no perderme entre las nubes que cubren tu cama, necesitaría un mapa que me dijera qué debo hacer para volver a la vida, y lo más curioso es que, en ese momento en el que estoy más pérdida, es también el momento en el que más viva me siento.

 

No necesito nada, y a la vez lo necesito todo, porque para mí, tú eres mi “todo”. Lo demás, pequeños detalles que nos acompañan, luces que se mueven alegremente alrededor, sonidos que hacen que el sueño sea más apacible, voces que intentan callar al silencio…

 

Nunca te pediría nada, porque sé que me darías cualquier cosa. Pero hoy perdóname, tengo que hacer una excepción, quiero que me otorgues un hueco a tu lado cada noche, quiero compartir lo que sueño contigo y quiero que mientras lo hago,  al igual que hasta ahora, nunca me sueltes de la mano.

A MI REGRESO

A MI REGRESO

Volví. Regrese a la rutina diaria. Ya no ando por las calles de Roma, no hablo en un medio inglés, italiano y castellano, no veo nada nuevo, no me encuentro a nadie con ese acento típico. No me muevo, no  monto horas en un autobús para ir a Napoles, ya no estoy en Pompeya, no ando entre las antiguas calles, no veo nada que se salga de lo habitual.

 

¿Y Roma? Sorprendente, todo es historia, en cualquier calle pueden encontrar algo, o algún detalle que te indica el paso del tiempo, lo curioso, es que cuando estas allí el tiempo no pasa, porque te quedas atrapado por todo lo que encuentras.

 

Las ciudades medievales como Asis, en las que cualquier momento, es bueno para tirar una foto. O Siena, con sus barrios, sus iglesias, su plaza en forma de concha, sus estandartes, sus banderas, la gente, el turismo, sus historias y anécdotas.

 

Florencia, la ciudad que me iba a encantar, de la cual me esperaba todo y me dio tan solo una catedral y un montón de palacios renacentistas, además de una guía local valenciana, que sinceramente, parecía más bien como si nos estuviera dando una vuelta por su casa. Claro está, que toque el morro del jabalí, porque aunque de todo haya sido lo que menos me ha embrujado, estaría siempre dispuesta a volver porque el mejor cappuccino esta allí, en la cafetería más antigua, y en la que de estar en la barra al sentarte en la mesa hay una diferencia de unos cinco euros aproximadamente.

 

Pavua, ciudad grande, pero del norte, y esto se nota en su gente, más seria, menos latina, menos cercana, pero siempre italiana.

 

Pisa y su torre inclinada, la verdad, es que no solo es ella, es todo, todo el conjunto, todos los elementos que hay a su alrededor, la impresión nada más verla, la gran pregunta, el gran interrogante, su inclinación, el porqué todo fue destruido por las bombas y ella sigue allí, expectante, esperando a caer algún día.

 

Milán. Dicen que es una de las ciudades donde la gente va más elegante, y cierto es, pues nunca había visto a mujeres portando trajes de Armani con tacones de quince centímetros y montando en bici, y aunque esto resulte sorprendente, me impacto también su gran catedral de un claro estilo gótico, estar arriba del todo, andar por sus tejados, y en cada paso preguntarme como la habrían construido, como habrían hecho esas torres, quien era el encargado de hacer tantas figuritas para adornarla…un gran obra y una gran maravilla.

 

Y por último Venezia, porque es especial, porque me enamora esa ciudad. Siempre  al verla por televisión, al observar fotos, decía que algún día quería ir, pero ahora que he estado allí, diría que no puedo estar lejos de ella, porque el ambiente es cautivador, los canales, las góndolas, los gondoleros con sus camisetas de rayas y sus gorritos, las máscaras, las palomas, los puentes, el agua y la tierra, su batalla particular, …, todo estaría bien si estas en Venezia.

 

Es decir, si algún día no me veis por aquí, recordar que estaré en Italia, porque estoy enamorada de ese país, de su gastronomía, de sus ciudades, de su gente, de su acento, de su idioma, de los viñedos, de las ruinas, de su historia, de sus fuentes y canales, de sus cafés, de sus costumbres, y de su forma de ser, y no es que me vaya allí apropósito sino porque me habré perdido en alguna calle, porque me habré quedado simplemente el cielo de Italia. 

YA ME MARCHO...

Fui contando los días, uno tras otro, y parecía que el tiempo no corriese.

Pero por fin, ha llegado, hoy es el día señalado en la agenda.

No he hecho todo lo que tenía planeado, no he tachado todas las tareas que debería haber dejado hechas, no he podido.

Aunque me da igual, porque sinceramente, este es un sueño, siempre desee ir a Italia, y hoy por fin me marcho allí. Roma, Napoles, Florencia, Venezia,..., todas las ciudades, comer pasta cada día, estar en sus calles, tirar una moneda a la fuente (Juanma no me olvido de tirar la tuya).

Así que, me marcho, aunque deseo que el mismo tiempo que iba despacio aqui se detenga tambien cuando este allí.

Por cierto, echare mucho de menos las mañanas, las tardes, las coca colas, los desayunos, las relaciones públicas, el sol,..., y a todas esas personas y cosas que hacen que cada día este lleno de momentos inolvidables.

NO ESPERABA NADA DE ELLA

NO ESPERABA NADA DE ELLA

En un despacho, siempre desordenado, lleno de polvo, lleno de periódicos que marcaban los acontecimientos que iban ocurriendo cada día, el desorden, el caos, los papeles revueltos, el olvido en un gran edificio,…, era el escenario, donde se encerraba cada mañana nuestra protagonista.

 

De vez en cuando, el teléfono hacía un breve sonido, pero callaba tímido en cuanto se acercaba la mano a cogerlo. La música de fondo, era uno de los pequeños póster que se movía con el aire de la calefacción. Y las vistas, un gran árbol, con las ramas retorcidas haciendo creer que era una gran telaraña.

 

Los despachos de su alrededor se mantenían vacíos, sin vida, era como si hubiera llegado el invierno y las personas hubieran emigrado al igual que las aves a países del sur, aunque con esto del cambio climático, no les había hecho falta irse tan lejos, simplemente, se habían mudado de planta.

 

Las visitas eran escasas, tan sólo dos o tres personas que pasaban preguntando algo que no tenía nada que ver con su trabajo, simplemente eran viandantes que habían perdido su rumbo, que se habían extraviado en el inmenso edificio y que llegaban a su despacho con la simple esperanza de que hubiera alguien con un mapa que les dijera: ¡Oh, claro!, gire a la derecha, luego a la izquierda, baje unas escaleras, luego a la derecha, allí encontrara un pasillo, pero no le haga caso, así que siga recto y….-  el caso, es que nuestra protagonista en un inicio lo hacía, pero poco a poco fue olvidando el mapa en su cabeza para no tener que repetir siempre lo mismo, y ya solo ponía una sonrisa y decía: “ ¡Uy! Pues ahora mismo…déjeme que piense….no, no me suena, lo siento- y volvía a cerrar la puerta para meterse de lleno en la soledad de su oficina.

 

Se fue acostumbrando, ya no la importaba mirar las agujas del reloj, no la importaba no ver a nadie cuando llegaba, ni echaba de menos las historias, la hora del café, los momentos de descanso…porque aquel lugar había llegado a convertirse en su casa, podía ser ella misma, su silla reclinable, su mesa con un pequeño papel en una de las patas para que no cojeara, las estanterías con sus libros, el cajón de  la despensa…pensaba que la compañía estaba sobrevalorada, y que la soledad parecía una palabra fea, sin vida, que todo el mundo despreciaba, en cambio a ella, le parecía una gran camarada, porque la ayudaba a pensar, a imaginar, a descubrir y a inventar historias.

 

La soledad no la juzgaba, no esperaba nada de ella, no la recriminaba si llegaba tarde, porque ella estaría siempre allí para aguardarla. La soledad vivía a su lado, la esperaba, ponía buena cara cuando cruzaba el umbral de la puerta, la recogía con sus brazos abiertos y la abrazaba  para que estuviera cómoda. Siempre la dejaba hablar, contar despacio y detalladamente cada momento del día, la permitía ciertos privilegios que los demás luchaban por arrebatárselos, así pues, ella no podía hacer nada, tan sólo se dejaba caer.

EL DERECHO A SER ELLOS MISMOS

EL DERECHO A SER ELLOS MISMOS

Allí estábamos todos sentados, una huelga en el aire, atraeríamos la atención de los pájaros y, tal vez, de algunos pasajeros que volaran a algún lugar cercano en uno de esos viajes comerciales donde el tiempo previsto es de media hora o unos cuarenta y cinco minutos, puesto que siempre hay retrasos y algún señorito que llega corriendo con su maletín y su abrigo negro, porque el taxi, claro está, no podía ir más rápido, independientemente de que él, hubiera dormido un cuarto de hora más de la cuenta.

 

Algunos decidieron que ya que se ponían en huelga, era momento para tomar un café, otros un simple cigarrillo, y otros, sólo leyendo y reescribiendo sus derechos:

-          Artículo 1: todo trabajador tiene derecho a descansar, al menos, media hora para poder tomar café, puesto que un desmayo en las alturas en las que nos movemos podría ser mortal, o por lo menos una gran oportunidad para aprender a volar.

-          Artículo 2: todo trabajador tiene derecho a cantar mientras trabaja y, si se tercia, a echar un baile con alguna viga o alguna palomilla que pase por aquí cerca.

-          Artículo 3: todo trabajador tiene derecho a pararse un momento a mirar lo que hace él, no lo que le mandan,  ni mucho menos el clavo que tiene que clavar, sino la obra en su conjunto.

-         

 

Así, poco a poco, cada uno fue poniendo aquello que más le gustaría hacer en su trabajo y que creía que los demás también podrían disfrutar.

 

Lo único que desde allí, la perspectiva era diferente, los coches se veían minúsculos, los grandes rascacielos eran apenas unas pequeñas colinas que se levantaban bajo sus pies, y las personas….prácticamente eran inexistentes porque no se veían. Aunque los días de lluvia, se producía un gran efecto, puesto que todo el suelo dejaba de ser negro para convertirse en los alegres colores de los paraguas y, sinceramente, en esos días en los que parece que el color predominante es el gris, reconfortaba ver que había pequeñas gotas de color en el cuadro que se pintaba desde arriba.

 

Así pues, volvieron a mirar sus derechos, aquellos artículos que habían ido escribiendo y se dieron cuenta que lo único que querían era poder mirar hacia abajo, porque tal vez, dentro del escalafón de la gran sociedad, los obreros no pintaban mucho, pero en ese momento, se sentían por encima de cualquiera, su autoestima, su presencia, su posición… todo eso, era inalcanzable para todos aquellos que ocupaban las calles. Por lo tanto, ese fue su mayor derecho, el derecho a la libertad, el derecho a no estar bajo el yugo de nadie, el derecho a ser ellos mismos, ya bien fuera con un cigarro en la boca, con un periódico en sus manos, o simplemente mirando más allá de lo que los demás podían ver.

CONCÉDEME TU BOCA UN MINUTO MÁS

CONCÉDEME TU BOCA UN MINUTO MÁS

Sin límites, porque no existen cuando me acerco. Sin paradas en mitad del camino, porque simplemente no hay caminos, no hay señales, ando por tu boca con los ojos cerrados.

 

Sin manos, sin cuerpo, porque es el alma, el espíritu el que  sobrevive en ese momento. Lo demás, no existe, hace mucho tiempo que desapareció, creo que le dio vergüenza el estar presente, se ruborizo y se fue. Por eso ahora, solo somos uno.

 

No hay razones, ni explicaciones, ni palabras, ni miradas,…, todo se desvanece, todo deja de importar, excepto tu, que es lo único que me importa.

 

La lluvia cae sin mojar y el viento nos mueve simplemente porque nos dejamos llevar. Qué más da acabar aquí o allá. Qué más da lo que me digan si no lo oigo, que importan las señales de peligro si ya he comenzado a bajar y escaseo de frenos.

 

No quiero marcar un momento inicial para no tener que colocar un punto y final.