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EL RINCÓN DE MIS PENSAMIENTOS

LA OLA

LA OLA
http://www.youtube.com/watch?v=xawYuNn9V58

¿Quién es el más culpable: el que ordena o el que obedece? ¿Es Hitler responsable de todas las muertes que hubo? ¿Es el culpable del genocidio de los judíos? ¿Es lo mismo “ser culpable de” que “ser responsable de”? ¿Podríamos decir que todos son culpables por ir a favor del grupo? ¿Son los profesores responsables de lo que inculcan a sus alumnos y de la utilización de estos conocimientos por parte de ellos?

 

Si utilizamos una metodología basada en la experiencia de los propios discentes, y les dejamos que construyan...  ¿Cómo lo controlamos? ¿Hasta qué punto dejamos que vaya ese “experimento”? ¿Se necesita un conocimiento absoluto de los alumnos/as para poder llevarla a cabo? ¿Hasta dónde dejamos que la experiencia se apodere de nosotros? ¿Qué grado de implicación, tanto del profesor como de los alumnos, debe existir?

 

Si los alumnos no son conscientes de lo que ocurre y para ellos es la realidad, ¿Cómo controlar esa realidad que muchas veces atraviesa las paredes del aula y se expande a otros contextos? ¿Cómo gestionar las emociones, las relaciones, los conflictos que se crean?

 

Mi pregunta principal ¿Cómo hacer todo esto? Dirección: supongamos que nuestra dirección es enseñar lo que es la autocracia, como en una película que se expone actualmente en el cine llamada “La ola”, y que para ello, el “cómo”, el modo en que gestionamos el desempeño es a través de un aprendizaje basado en la experiencia, donde se creará en la misma clase una dictadura, es decir, estará dirigida por el profesor, llevarán signos que les identifiquen, tendrán un saludo propio, y todo lo que hagan es para el grupo, por el bien del grupo. Serán más fuertes porque se mantienen unidos, cada uno se sentirá mejor porque forma parte de algo común, y tendrán metas y objetivos compartidos. El desempeño estaría centrado en tocar las características de la autocracia, trasladándolas a clase, partiendo de lo que hacen los alumnos, de sus propias capacidades y de cómo cada uno puede utilizarlas dentro del aula.

 

¿Dónde encontramos el fallo entonces? A lo largo de la película, se ve como el profesor pierde el control, los alumnos transfieren todo lo que van aprendiendo fuera de su clase, la realidad que viven dentro del aula traviesa los muros físicos. No tratan igual a aquellos que visten diferentes a ellos, o la relación que mantienen con las personas que forman el grupo y que no son totalmente idénticos. Pero en esta pérdida del control, ¿se pierde la dirección? En realidad, no sabría qué contestar, porque las características las están viviendo, son ellos mismos las que las hacen surgir y las que las llevan a cabo, pero no son conscientes del todo, o bajo mi punto de vista, de donde están, es como un juego que ha surgido, que les ayuda en sus vidas, pero no lo relacionan con lo que significa. Es decir, cada uno de ellos, ha resaltado tanto los puntos positivos que no ven la realidad, ¿Qué es la autocracia? No aparece esa pregunta, no saben que están creando una. ¿La dirección del profesor donde queda entonces? El mismo se convierte en el líder, y ahí es donde creo que se pierde la dirección, porque en ese momento surgen dos:

- Una la del guía que va a llevar a su grupo. El que dice si alguien puede entrar o no, el que dicta, es decir,  la relación es unilateral, porque aunque los alumnos sugieran, es el profesor el que, al fin y al cabo, da su aprobación o no. Su propósito o su razón no es enseñar, no es que los alumnos construyan conocimientos, sino más bien, es mandar.

- La otra dirección, es la del profesor propiamente dicha. Quiere que sus alumnos aprendan. Que sepan que es una dictadura, que comprendan como surge, el porqué puede aparecer, que es los que la caracteriza…etc.

 

Aquí es donde se crea la confusión, donde desaparece la coherencia, donde todo parece que se sale un poco del camino que debería seguir. Así pues, ¿Es por ello, responsable o culpable el profesor de las consecuencias? No tiene guía ni mapa, se ha confundido de camino, porque su metodología es una realidad dentro de otra, y ha optado por seguir aquella que se dibuja en el suspense, la que parte de un contexto inventado, la que da respuesta a algo fuera de lo que previsiblemente hubiera sido una clase normal.

 

Por lo tanto si la dirección no está clara, los dos niveles  (desempeño y gestionar el desempeño) quedan cojos, es decir, ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? ¿Cuándo no se sabe donde se va, cuando no sabes el “por qué” de lo que vas a hacer?

 

Tres niveles que no quedan alineados. Tres niveles que no son coherentes, que se pierden, que cada uno toma caminos diferentes. El “Qué”, se basa en una dictadura. El “Cómo” es un aprendizaje basado en la experiencia que crea un mundo irreal. El “Porqué y el Hacía donde”, se confunden en el proceso, la autocracia y el hacerse mejor que el resto predominan frente a lo que se quiere transmitir.

 

En conclusión, una película que hace pensar, que hace reflexionar y que todavía tengo dudas, de si el profesor es culpable o responsable del final de esta, que no contaré por respeto a aquellos que no la hayáis visto.

ME DECLARO OFICIALMEN EN CRISIS (II PARTE)

ME DECLARO OFICIALMEN EN CRISIS (II PARTE)

Bien, después de este parón de unos cuantos días, es hora de seguir relatando mi crisis. He dejado algún tiempo desde la última vez para dejar que los sentimientos que se abrieron, o los recuerdos que tenía en aquel momento, volvieran un poco a su lugar, a aposentarse, simplemente, porque no estaba a gusto con ellos. El ser consciente de mi pasado y del porqué de algunas situaciones un tanto desagradables no me permitía estar cómoda.

 

Creo que deje la historia en mis tiempos de universidad (que, no sé, si por suerte o por desgracia sigue siendo el presente), todo fue fluyendo poco a poco, yo era una barca que se dejaba llevar, porque quería y lo permitía. Es decir, iba cargada con mis dudas, mis preguntas, mis interrogantes, en pos de encontrar alguna meta o llegar a alguna conclusión. Pero cuál fue mi sorpresa que la mayor duda me llego justo en el momento en el que vi la última nota. Aprobada. Ya esta, todo había acabado aquí, soy licenciada, y… ¿ahora qué? Otra vez se presentaba ante mí la gran cuestión, ¿Qué hacer con mi vida? Ya no era como en magisterio, tenía dos años más, mis padres diciéndome que ya era hora de trabajar, mis amigas que se reían de mí preguntándome: “¿Vas a hacer otra carrera? Madre mía, ¿qué te vas a hacer todas las carreras del mundo?”. Mi abuela aconsejándome que lo mejor que podía hacer era meterme a maestra, haced las oposiciones y ya está, un trabajo para toda la vida. Mi tía: “que no fuera tonta, que siguiera estudiando, ¿un máster, un doctorado?” Cualquier opción era buena para ella. Por otro lado, existían los planes de la gente de mi alrededor, la mayoría buscando trabajos, en academias para las oposiciones, y yo…. Otra vez perdida en las múltiples opciones.

 

¿Qué quería? Era un momento de transición, de hecho, todavía estoy en esta, porque todavía me considero en crisis. Descarté las oposiciones porque no quiero ser maestra, quiero ser psicopedagoga, y no me veo en un sitio fijo toda mi vida, ¡qué locura!, desde los 24 hasta los 65 en una clase… no, no es el plan que tengo. Me gusta la rutina, porque ella no encierra sobresaltos, pero no me gusta sentirme atrapada, y creo que es como me sentiría si eligiera esa opción. Así pues me quedaban otras opciones: ¿trabajar o estudiar? Siempre el dilema quedaba reducido a eso.

 

Por lo tanto, me puse a buscar trabajo por internet, mientras decidí que seguiría estudiando, porque en realidad, se me daba bien, sabía cómo hacerlo, no tenía que enfrentarme a nada nuevo, y continuaría con mi rutina de siempre.  ¿Trabajar? Puedo decir que ninguno era compatible con los cursos que escogí en el doctorado, que para los que me llamaban, o bien, me pagaban muy poco o bien, la jornada era partida y no me daba tiempo  a nada…todos tenían un “pero”, un inconveniente, algo que no encajaba con lo que buscaba. Pero ¿Quería que se ajustara a lo qué exigía? ¿Tengo miedo a trabajar? Me he pasado todos los veranos trabajando en campamentos como monitora, y trabajando los fines de semana. Pero el hecho de que estos fueran trabajos a corto plazo, me ayudaba de alguna forma.

 

No sé explicarlo bien, no he tenido ninguna experiencia traumática, siempre me he llevado bien con mis compañeros, he estado a gusto, pero tal vez el comenzar en algo nuevo es lo que hace que me retraiga. ¿Lo dejamos entonces a un miedo a los inicios? O más bien es ¿una cobardía por mi parte a la hora de afrontar crisis? Ante estos momentos podemos huir o enfrentarnos, y yo, normalmente elijo huir, así pues, ¿dónde queda mi identidad? Según vimos en clase habría como tres tipos: en suspenso, de caos, o nueva identidad. Yo más bien creo que estoy en suspenso. Es más, me pondría un suspenso si en superar crisis se tratará. Porque no me adapto a la nueva situación, sino que más bien me voy dejando llevar por ella, esperando que en algún momento salte una chispa, y diga “¡Ya está! ¡Lo  conseguí! ¡Vuelvo a ser yo!” pero llevo  tiempo esperando, y eso no salta. No soy la misma, mis valores y mis creencias están cambiando, mi perspectiva no es la misma, y mis prioridades tampoco.

 

Pero de alguna forma u otra, no me estoy adaptando a ellas, es como si estuviera separada en dos, mi mente va por un lado y mis acciones por otro. Al final, miles de cosas se quedan en propósitos que no llegan a hacerse realidad. Pero ¿por qué no lo consigo? Es frustrante y a la vez, siento esperanza.  Porque no puedo volver, y eso, significa que debo avanzar. Lo malo es saber el ¿Cómo?

 

Si remito a las preguntas que lance en un principio ¿Quién soy? ¿Cuál es mi identidad? Debo contestarlas diciendo que todavía no lo sé, sé como me llamo, ciertas cosas que me hacen diferentes, algunos aspectos que se encuentran en la cuerda floja, pero que siguen encerrados en un interrogante, porque en estos momentos, en la actualidad, estoy en proceso, estoy transitando. Si utilizamos la metáfora de Kegan del puente, podemos decir que sé donde esta uno de los extremos, el que hace referencia al lugar de partida, pero no tengo del todo claro a donde me quiero dirigir, por lo tanto, estoy construyendo poco a poco, para ver si de esta forma, me es más fácil detectar el otro lado, aun sabiendo, que lo que hago en estos momentos, tal vez lleve un camino equivocado que tenga que ir rectificando a lo largo del tiempo.

PARECIDO A UN SUEÑO

PARECIDO A UN SUEÑO

Tú te alejabas de mí, no sabía el porqué, tan sólo llamé a tu puerta y me abrió una persona que no eras tú. “Lo siento, se ha ido. No te puedo decir a dónde, porque no nos dijo nada. Solo sé que tenía que coger un tren rumbo a algún lugar donde pudiera desconectar de esta ciudad, de este aire. Me dijo que no le buscaras”

 

¿Cómo no te iba a buscar? ¿De verdad esperabas eso de mí? En ese momento me dio igual, fue como cuando le dices a un niño que no tiene que hacer algo y va corriendo con media sonrisa a descubrir el porqué de la prohibición. Así pues, salí apresuradamente para coger el primer autobús que me llevará a la ciudad, donde esperaba encontrarte.  Mientras miraba por la ventana, pensé que tal vez tuvieras alergia al polen y por eso te ibas justo hoy, al inicio de la primavera. En mi interior intentaba buscar razones tontas, explicaciones graciosas que justificaran tu marcha, lo que fuera con tal de no pensar que en realidad, te habías cansado de mí, que no querías volver a verme.

 

Una vez que llegué a mi destino, baje corriendo, me tropecé, me caí al suelo. Estas malditas chanclas no eran las más apropiadas para realizar una maratón, así me las quite, las escondí en un matorral con la esperanza de que estuvieran allí cuando volviera. Ahora notaba los baldosines en mis pies, las pequeñas piedras, alguna que otra hoja de árbol…pero todo me dio igual, porque en aquellos momentos no sentía nada.

 

Me estaba acercando a la estación. Tenías que estar allí, imploraba que estuvieras allí. Había una gran multitud de gente, unos con maletas porque se marchaban de viaje, otras esperando a ver el tren que traía a sus familiares, algunos pidiendo limosna,…, pero no había rastro de él. No era posible, tenía que estar allí, le podía sentir, le veía mirándome con su sonrisa, con sus brazos abiertos dispuestos a abrazarme, a darme un beso en la frente mientras me agarraba cada vez con más fuerza, como si quisiera que me quedara siempre a su lado. ¿Dónde te habías metido? ¿Por qué? ¿Por qué? Daba vueltas, o más bien, todo me daba vueltas. De repente me vi sola en medio de aquella estación, descalza, llorando de impotencia al no poder dar contigo. Me senté en el suelo y espere, espere a que vinieras a rescatarme, pensé en aquellas películas donde siempre aparecían los protagonistas  en el último momento, cuando uno de ellos estaba a punto de tirar la toalla. Pero no ocurrió, no esta vez. Te habías ido.

 

Finalmente comprendí que debía irme, que no pintaba nada en aquel suelo, en medio de aquel lugar. Me habías abandonado, tú a mí, sin ninguna explicación. Entonces ¿por qué venía yo a buscarte? ¿A suplicarte que no te fueras? ¿A decirte que todo cambiaría y que pondría todo por mí parte? ¿Qué iba a comportarme de otra forma? Y caí en la cuenta, de que no podía o que más bien, no quería, porque para mí, todo era perfecto a tu lado.

 

De esta forma, me levante lentamente, me coloque el vestido un poco en un intento de mantener mi dignidad, aunque no lo logre. Me fui con la cabeza gacha, los hombros echados hacia adelante, y dando pasos cortos con mis pies descalzos. La gente pasaba a mi lado, aunque no les notaba, sentía que algunos me miraban con extrañeza pero me dio exactamente igual, acababa de perder todo, acababa de darme cuenta, que me lo había jugado todo a una carta y lo había perdido.

 

Pero justo al cruzar la calle, y atravesar el parque, alguien se me acerco. Me abrazo, no me dijo a penas nada, tan solo “lo siento”. Entonces comprendí que era él. No había cogido aquel tren, no había decidido abandonarme, estaba conmigo, a mi lado. Le abrace tan fuerte como pude, deseando en aquellos momentos que no volviera a escapar, que no volviera a irse. Mis ojos dejaban caer lágrimas, pero en mi boca se dibujaba una sonrisa. Cuando pude separarme un poco, vi su cara, allí estaba, era él. ¡Era él! Le toque, me pase media hora recorriendo su cuerpo para convencerme de que estaba allí.

 

Sobraron las palabras, ya tendría tiempo de que me contará el motivo de su marcha tan repentina. Ahora, solo quería pasear con él. Me dijo que pusiera mis pies sobre sus viejos zapatos, que él me llevaría donde fuera, así que fue lo que hice. Me deje llevar, y me dejaría llevar siempre con él.

 

Al final resulto ser como las películas, ¿pero qué hubiera pasado si se hubiera marchado? Deseche la idea de mi cabeza, sólo quería disfrutar de ese reencuentro, ver los árboles llenos de flores, el movimiento de la gran ciudad, estar en sus cálidos brazos, sus besos apasionados, su sonrisa perfecta, su olor penetrante,…, sólo estaba pendiente de él, de sus movimientos, y de su corazón.

 

Cuando nos dimos cuenta de que estaba oscureciendo decidimos volver. Esa noche se quedaría en mi casa, no volveríamos a separarnos. Corriendo finalmente para coger el autobús, me acorde de mis zapatos, y decidí dejarlos allí, ya me compraría otros más cómodos, que permitieran correr en cualquier momento.

ME DECLARO OFICIALMEN EN CRISIS (I PARTE)

ME DECLARO OFICIALMEN EN CRISIS (I PARTE)

Me declaro en crisis oficialmente. Una sola hora me basto para plantearme todo mi mundo, para llenar una hoja entera de preguntas sin respuesta. ¿Quién soy? ¿Cuál es mi identidad? ¿Sé aquello que le da sentido a mi vida? Es curioso, porque para entrar en crisis, tal vez todas estas preguntas deberían estar contestadas o a medio contestar, para poder crear así, interrogantes, plantearme cambios, facilitar que surjan conflictos internos,… pero en el momento en que todo esto comenzó, me perdí.

 

Me perdí buscando significado a lo que hacía, razones por las que había tomado un camino y no otro. En un programa de la televisión, “Identity”, definen a las personas por sus logros, por cosas importantes que han hecho, por lo que son: el doblador de Tom Cruise, la mujer que ha cruzado el desierto del Sahara en moto, la campeona de domino… pero yo no tengo nada de esto, entonces me comencé a preguntar ¿destaco en algo? Dado que el tema del que hablábamos en clase estaba relacionado con el deporte, pensé en lo que había hecho en mi vida: gimnasia rítmica, natación, aerobic, bailes de salón….pero en ninguno me vi totalmente reflejada. Uno, no se me daba bien. El otro me gustaba pero lo dejé, salir en invierno de una piscina me daba como resultado un continuo constipado…está claro, me gusta hacer deporte porque siempre he estado en algo, pero no es algo que me identifique realmente, no puedo decir soy deportista, tal vez, la palabra más precisa sea inquita o indecisa, porque esto sería lo que me lleva a cambiar y cambiar, sin estabilizarme en nada. Soy una pieza de un puzle que busca encajar en algo.

 

Está bien, ya partimos de algo “indecisión”. ¿Me cuesta tomar decisiones? ¿Sé tomarlas? En este tema, creía que estaba segura, puedo dudar entre dos faldas, dos camisetas, dos libros que los venden como los mejores que se han escrito recientemente…, pero en las decisiones importantes, aquellas que afectan directamente a mi vida, y que las atribuyo una relevancia especial, puesto que deciden, en cierta forma mi futuro, me veía capacitada para hacerlo, para llegar siempre a buen término. Me creía una persona, que sabía buscar opciones, valorarlas, ver cuáles de ellas eran las más apropiadas y elegir correctamente. Pero todo lo que ocurrió ayer me hizo destruir mi castillo de cartas. Es verdad, eso era algo que me definía, otro aspecto de mi identidad, y se destruyo en tan sólo una hora. Porque no es verdad, no tomo decisiones, me dan miedo, huyo de ellas.

 

¿Por qué estudié educación infantil? Porque se daba en Alcalá, porque era de tres años y no veía que se alargara mucho en el tiempo, porque todo el mundo me decía que los niños se me daban muy bien, porque todo mi alrededor decía “¡qué bonito, la verdad es que es una profesión preciosa!”. Y sí, efectivamente es una profesión preciosa, y en los campamentos que he realizado como monitora de tiempo libre, siempre he estado con los más pequeños y se me da bien, pero en realidad ¿es lo que quería? Y la respuesta es NO, yo quería psicología, y ahora la persigo, daba gracias por cada asignatura que estaba más relacionada con ella. Pero estaba en Madrid, aquí cerca efectivamente, pero yo en aquella época lo veía lejano, me daba miedo, ¿ir en tren una hora o más para llegar hasta allí, y otra para volver?,  ¿sin conocer a nadie?, ¿no me perdería  por allí?, psicología, una palabra grande, una palabra a la que la tengo mucho respeto, ¿sería capaz de llevarla adelante?

 

Tal vez, el paso que me hizo decantarme por magisterio, era porque durante mi vida escolar, siempre había sido la alumna media, aquella que iba con sus notables por la vida, y comparada continuamente con un hermano que sacaba todo matrícula de honor o sobresalientes. Me acuerdo cuando mi madre iba a hablar con los profesores y éstos le decían: “muy bien, es una de las mejores de la clase, trabaja mucho y se esfuerza…. Y por cierto, ¿qué tal va su hermano?, porque ese sí que era un hacha”.

 

Así pues, aunque las palabras de los/as maestros/as siempre eran buenas hacía mí, continuamente había algo que estaba mejor, por eso, yo no me comparaba con el resto de los de mi clase, ni pensaba en que mis propios resultados pudieran haber mejorado, porque siempre existía esa comparativa, ese escalón al que había que llegar y nunca lo alcanzaba. A lo largo de mi vida mis padres siempre han intentado que no se notara, es decir, ellos explícitamente no me decían “mira a tu hermano” ni nada por el estilo, pero el mundo alrededor si me lo mostraba, es decir, mis abuelos, los profesores, los amigos de mis padres,…, esto me repercutió en que nunca estuviera  conforme con los resultados que obtenía, que siempre me estuviera exigiendo algo más, no veía el aprendizaje como un desarrollo propio, como algo beneficioso.

 

Era simplemente una carrera, en la que tenía que correr más, prepararme, entrenar para ganarla, pero llego un punto, donde la carrera dejo de tener sentido, tire la toalla sin más. Comprendí que no era mi hermano, que no era con él con el que iba aquella competición, porque él miraba su meta, buscaba su camino, y se dirigía a ella con sus propias armas. Y yo en cambio, iba detrás suya, intentando ser alguien que no era, buscando que a mí me identificaran asimismo, como aquella estudiante notable de sobresalientes y matrículas de honor. Entonces llegó el momento donde los resultados bajaron, yo misma me impuse la idea de que no iba a llegar y por ello no me tenía que frustrar. Y todo este proceso dio como resultado el que no me viera capaz de hacer algo grande, algo como psicología, y que me conformara  con un punto intermedio, una diplomatura por ejemplo. Que era un título universitario pero que no me exigía tanto tiempo ni esfuerzo.

 

Llegados a este punto ¿tenía ya una identidad? ¿Sabía cuál era? ¿Era consciente de aquello que le daba sentido a mi vida? Comencé la carrera, sinceramente, esos tres años me los pase bastante bien, aunque del grupo de seis personas que nos hicimos nunca terminé de encontrar mi sitio, porque lo recuerdo con mucha conflictividad, no éramos un grupo cualquiera, éramos seis personas en continuo cambio, no había papeles asignados, las relaciones no quedaban claras, y todo esto me llevo a adaptarme, a cambiar durante todo el proceso, a no terminar de ser yo misma (si tenemos en cuenta que tampoco tenía claro quién era) estaba pululando en un mar lleno de vaivenes, de aquí a allá. Lo único que me identificaba, eran mis logros académicos, es decir, hacia buenos trabajos, sacaba buenas notas (notables la mayoría y algún sobresaliente, en mi línea) y esto hizo que algunas personas se unieran a mí para hacer trabajos, en los cuales me tocaba a mí realizar la mayor parte.  Pero dado el grupo que teníamos, no solía protestar porque decir algo significaba muchas veces crear problemas y los problemas creaban que te dejaran de lado. Así que seguí con mi mentalidad de “si quieres que algo salga bien hazlo tu mismo” y si por casualidad sale mal,  podrás defenderlo, y saber en qué tienes que mejorar. De esta forma llegamos a otra cosa que me podría definir, responsabilidad. Me gusta tener responsabilidad, realizar las cosas lo mejor que puedo y ser consecuente con ellas. Y si en lo que he hecho he errado, me gusta saber qué consecuencias tiene y buscar caminos para saber cómo lo puedo solucionar.

 

Paso el tiempo, y terminé la carrera, y ¿ahora? ¿Trabajo o sigo estudiando? ¿Estoy capacitada para trabajar? ¿Quiero ser profesora de infantil?  Y aquí una nueva crisis, así pues, volver a decidir cuál era el camino que mas me convenía, por donde tenía que avanzar…todo negro, no veía apenas nada. Pero recordé que  una opción era estudiar otra cosa, y como con 21 años no me veía trabajando todavía en algo para el resto de mi vida, decidí que era un camino muy a tener en cuenta. Y de esta forma, busque algo parecido a la psicología, que dieran cerca, y encontré psicopedagogía, que estaba relacionado con lo que había estudiado, que eran solo dos años, y pensé que era lo que tenía que hacer. Así pues, cogí mi carpeta y me plante aquí, en un mar de dudas.

 

El primer cuatrimestre, ¿me causo crisis? Más bien, más que crisis me descubrió algo nuevo, algo que rompía mi forma de ver la enseñanza y el aprendizaje.  Un cambio total de paradigma. No me tenía que comparar, no tenía que tener yo toda la responsabilidad, es cierto que era responsable, pero siempre en la medida en la que los demás también lo eran. Pero ¿por qué entonces esto no me produjo angustia? Si rompía con mis esquemas ¿por qué no se creó un conflicto interno? Tal vez, ¿por qué no buscaba que me dijeran lo que estaba bien y que estaba mal, no estaba en mi fase dualista? ¿Me gustaba estar perdida? ¿Me encontraba cómoda sacando mis conclusiones, mis ideas, descubriendo yo misma algo nuevo? ¿En qué fase me encontraba? Son muchas preguntas, que ahora mismo, echando la vista atrás tendría que ponerme a recordar varias cosas o puntos. Aunque sí que recuerdo que todavía me costaba soltar esa responsabilidad que a través de los años me había construido. Yo aprendía de los demás, pero no con los demás. Cogía información aquí y allá, pero no terminaba de creer que era su opinión y la mía era distinta y, por lo tanto, el único punto de unión eran cesiones que podíamos hacer el uno u el otro, pero nunca, que pudiéramos crear algo nuevo.

 

¿Cuándo comenzó a cambiar? No creo que se pueda decir un punto exacto en el que dije “lo conseguimos” pero si se, que progresivamente lo fuimos alcanzando. Ahora bien, ¿Cómo afecto esto a mi identidad? Yo ya no era la niña media que tenía un hermano que alcanzar, ni la estudiante que se rendía, ni la que hacia todos los trabajos y destacaba por ello. Porque ahora era una más, que se movía en las dudas, que se reía en la cafetería haciendo trabajos, o que se perdía en clases cuando la lanzaban un montón de preguntas. Tal vez, destacaba en un inicio por escribir, pero creo que fue solo porque comencé a escribir antes, ya que, a lo largo del tiempo, leyendo a mis compañeros veía millones de ideas, de preguntas, de interrogantes que no me hacían destacar. Pero entonces, ¿era igual que los demás? ¿Qué identidad es esa que me hace ser igual al resto? En realidad, no es ninguna, porque si soy igual no hay nada que me identifique, así que ¿seguimos buscando?

 

Releyendo todo lo que he escrito, me surge una nueva duda, ¿construyo mi identidad a partir de lo que los demás piensan de mí? ¿No debería ser capaz de saber esto sin buscar comparaciones? ¿Es en las comparaciones donde vemos nuestros puntos fuertes y nos descubrimos a nosotros mismos? ¿Puedes saber que eres bueno en algo sin tener alguna referencia? ¿Puedes gestionar una crisis ajena sin saber tu mismo desde donde partes y donde te identificas? ¿La identidad es lo mismo que el papel que tienes en un contexto? ¿Entonces sí que existe una comparación? Si la identidad no es fija, y la vamos reconstruyendo ¿debería saber en estos momentos cual es mi identidad? Ya que si estoy en crisis todo lo que se ha desencajado tiene que volver a colocarse, por lo tanto, solo podríamos encontrar dudas, e ideas que no se terminan de forjar.

HASTA LA MUERTE

HASTA LA MUERTE

Un día recibí una carta que decía lo siguiente…

 

“Querida amiga:

Hace muchísimos años que no nos vemos, pero no pienses que por ello he olvidado los helados que nos tomábamos en aquella terraza cercana a la plaza, ni me he olvidado de  las innumerables veces que nos hemos perdido en conversación cargadas de palabras inventadas. No creas que he sido capaz de romper las cartas que nos escribíamos en clase, estando todo el día juntas, y en las que el tema principal era que chico de clase nos gustaba más. ¿Te acuerdas de nuestros recreos? Subiendo y bajando escaleras porque según nuestros profesores nuestro colegio era el que más nivel tenía en todo el pueblo (dado que tenía muchas plantas) y que cierto era…, lo recuerdo como si fuera ayer, subiendo aquellas escaleras, con las mochilas cargadas de libros y rezando que pusieran algún día un ascensor, por esta razón pienso que aparte de mucho nivel también éramos las niñas  más en forma.

Es bonito pensar en todo aquello, es bonito ver las fotos, que nos recuerdan las innumerables excursiones que hicimos, la mayoría de ellas a una granja escuelas de la comunidad, debe ser que el tema de los animales era muy importante, aunque ahora, como ves, que se extingan nos da un poco igual…y es que, como cambian los valores de cuando eres un niño a cuando vas cumpliendo años.

En estos momentos, tal vez te preguntes a que viene esta carta, después de dieciocho años sin vernos, después de tanto tiempo separadas, y creo que te mereces una explicación. Y es que hace dos meses acudí al hospital. Al principio no parecía nada grave, “una revisión” decían, para descartar ciertas cosas que todo el mundo se callaba y no me explicaban, ya sabes cómo va esto. El resultado una simple frase: “Señora tiene tres meses de vida”. Así es, tan simple… un sujeto, un verbo y una sentencia de muerte, que me ha hecho sacar viejos álbumes, desempolvar esa caja de cartas que nos escribíamos, ir a visitar el colegio donde tan buenos ratos he pasado, visitar la plaza, la tienda de la esquina donde quedábamos, el lugar donde me dieron mi primer beso y que luego te relate por teléfono con todo lujo de detalles… en resumen, echo una mirada atrás para buscar en mi vida, todos los momentos felices que he tenido, y he descubierto que en ellos una figura principal fuiste tu, porque siempre estuviste conmigo, porque cuando eres pequeño tu escala de valores no es la misma, y porque en aquellos momentos tú la compartías conmigo. Teníamos sueños y los alcanzábamos, y hablo en primera persona del plural, porque lo hacíamos juntas. Compartíamos nuestras metas, nuestros anhelos, y por ello, no veía el egoísmo, no nos poníamos la zancadilla,…, todo era tan simple, tan fácil, tan distinto a como es todo esto ahora…

Mi sentencia, en cierta parte me ha liberado, porque vivimos en una sociedad demandante, donde nuestro trabajo no lo hacemos por nosotros lo hacemos por necesidad, no nos auto realizamos, siempre dejamos en un segundo plano aquello que de pequeños teníamos en lo más alto del pedestal, y en cierta forma, estos tres meses, me han hecho liberarme de mis responsabilidades, y hacerme consciente de mis deseos. Y entre ellos, siempre ha estado escribirte, aunque nunca encontraba el momento, decirte que te echaba de menos, que me hacías falta, que quería ir a un zoo a volver a ver animales, y a contarte todos mis besos con todo lujo de detalles.

Viendo la cuenta atrás, solo desearía que te quedases con nuestros recuerdos, que no me olvides, y que cuando tengas tiempo vengas a recogerlos, porque los he guardado en varias cajas para que puedas recordarlos con cariño, te las he puesto en cajas con un lazo rojo en el armario de la entrada. Aunque si es posible ven pronto, porque me gustaría dártelos en mano.

Con cariño, tú amiga.

Helena”

 

Pero ese día llego tarde, problemas con el correo, tal vez hubiera sido más fácil escribir un email, pero ya se sabe, queda menos romántico. Cuando llegué, su casa estaba medio vacía, se estaban llevando los muebles, la ropa, todo estaba desordenado, acumulado en montones, según me dijo su madre más tarde, ella lo había pedido así, no quería que se la llorará, no quería que nadie entrará en su casa pensando que algún día volvería, porque no iba a ser posible. Solo pidió que se respetara una cosa, el armario de la entrada.  

Parecía una gran oficina de correos, con paquetes, encargos,  pos-it que indicaban el destinatario de cada regalo… y entre todas esas cajas, allí estaban, dos con lazo rojo, que ponían: “Para mi gran amiga Beatriz, me hubiera gustado volver a verlas juntas”.

Las cogí, no espere a que su madre me las diera porque sabía que eran para mí, y entonces comencé a llorar. Porque no las necesitaba para acordarme de ella, no quería nada de aquello y a la vez lo necesitaba todo. Me odie por no haber llegado a tiempo, por haber dejado que la cinta que nos unía se hubiera alargado demasiado, y es que sale una sonrisa en mi boca cada vez que recuerdo esa vieja dedicatoria que poníamos en las carpetas “desde tu casa a la mía, hay una cinta celeste que pone: amigas hasta la muerte”. Que ¿Irónico me parece todo aquello? No sé si es la palabra adecuada, pero me parece un gran juego. Hasta la muerte, cuando ha sido ella la que nos ha vuelto a unir de alguna forma, y cuando es la que en muchas ocasiones nos devuelve nuestros recuerdos y a nuestros amigos.

MÁS LIBROS

MÁS LIBROS

En la actualidad, estoy repleta de libros a mi alrededor, que me piden tiempo. Éstos son:

- La sangre del escorpión: Desde su observatorio sobre el tejado del Colegio Romano, noche tras noche el padre Athanasius Kircher escruta el cielo. A quien la sabe leer, la bóveda celeste le revela secretos y variaciones que escapan al ojo profano. Y cuando ve delinearse, después de cuarenta años, una rara configuración astral, el jesuita no tiene dudas: funestos acontecimientos están a punto de abatirse sobre Roma, en ese año que ya lleva en sí la señal del mal, 1666. La era del Escorpión ha vuelto.
Poco después una serie de bárbaros homicidios conmociona la ciudad. Las víctimas son jesuitas, decapitados y dejados obscenamente con las piernas desnudas. Detrás de los delitos parece ocultarse la mano de un despiadado
y temible sicario, el Escorpión. Nadie lo ha visto nunca, nadie sabe quién es. Nadie salvo Giovanni Battista Sacchi, llamado Fulminacci, irascible y pobre pintor, que sin saberlo lo ha retratado en el lugar del primer homicidio.
Desde este momento, su vida está en peligro y, para salvarse, deberá lanzarse a una caza sin cuartel del asesino y descubrir el móvil de los homicidios. Ayudado por la fascinante Beatrice, cartomántica y adivina, el padre Kircher, que años antes había asistido a los crímenes del Escorpión, y el obispo De Simara, Fulminacci deberaf rontar celadas y procesos inquisitoriales, duelos y persecuciones por las calles y los palacios de una Roma barroca e inquietante. El cuadro que se delinea asume dimensiones cada vez más vastas, hasta atravesar los confines de Italia e implicar a hombres con hábito y cabezas coronadas...      
          

- Noches de baile en el infierno: Cinco historias de amor y seducción donde se impone la fuerza de lo paranormal: desde vampiros exterminadores a ángeles luchando contra demonios. Y es que a veces un baile de fin de curso puede resultar inolvidable... De la mano de cinco autoras excepcionales: Stephenie Meyer, Meg Cabot, Kim Harrison, Michele Jaffe y Lauren Myracle

-La reina de la casa: Emprendedora y eficiente abogada de la City londinense, Samantha no sólo adora su trabajo sino que vive para él. Adicta al estrés y la presión extrema, ha llegado hasta el punto de enviar y recibir emails durante las sesiones de relajamiento con su terapeuta.Sophie Kinsella -autora de No te lo vas a creer y de la popular Loca por las compras- vuelve a sorprendernos con una historia tan descabellada como desternillante que crea adicción. Para reirse de principio a fin

LIBRO ACTUAL EN MI MESILLA...

LIBRO ACTUAL EN MI MESILLA...

LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES:

 

Harriet Vanger desapareció hace 36 años durante un carnaval de verano en la isla sueca Hedeby, propiedad prácticamente exclusiva de la poderosa familia Vanger. A pesar del despliegue policial, no se encontró rastro de la muchacha de 16 años. ¿Se escapó? ¿Fue secuestrada? ¿Asesinada? Nadie lo sabe: el caso está cerrado, los detalles olvidados.

Pero hay quien sigue recordando a Harriet, su tío Henrik Vanger, un empresario retirado, ya en el final de su vida y que vive obsesionado con resolver el misterio antes de morir.

En las paredes de su estudio cuelgan 43 flores secas y enmarcadas. Las primeras 7 fueron regalos de su sobrina. Las otras llegaron puntualmente para su cumpleaños, de forma anónima, desde que Harriet desapareció.

Vanger contrata a Mikael Blomkvist, periodista de investigación y alma de la revista Millennium, una publicación dedicada a sacar a la luz los trapos sucios del mundo de la política y las finanzas. Mikael no está pasando un buen momento: está vigilado y encausado por una querella por difamación y calumnia. Detrás de la querella está un gran grupo industrial que amenaza con derrumbar su carrera y destruir su reputación. Así que acepta el extraño encargo de Vanger de retomar la investigación de la desaparición de su sobrina e intentar tirar de algún cabo suelto.

Un trabajo complicado para el que recibe el regalo inesperado de la ayuda de Lisbeth Salander, una investigadora privada nada usual, incontrolable, socialmente inadaptada, tatuada y llena de piercings, y con extraordinarias e insólitas cualidades como su memoria fotográfica y su destreza informática.

ENGANCHADA A...

ENGANCHADA A...

Crepúsculo, Luna nueva, Eclipse, Amanecer ...de Stephenie Meyer. Simplemente sin tiempo para más.