Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2008.
MIRANDO ATRÁS...NO LO VOLVERÍA A HACER

La vista se me nublo, creí que había llegado el final, todo estaba oscuro y solo veía una gran luz encima de mi cabeza, algunos dirán que solo era un radiante sol que había ese día, pero yo se que en realidad era el principio del fin.
Hay en algunos momentos donde sientes que las piernas no contestan, no realizan las ordenes que les mandas, y por más que lo intentas son incapaces de levantarse cinco centímetros más del suelo. Da igual que oigas que la cima esta cerca, porque siempre es mentira, da igual que te digan que esta es la última cuesta, porque una vez arriba veras que no es verdad. No importan las palabras, porque en esos momentos entras en un largo debate entre tu mente y tu cuerpo, puesto que uno grita que sigas y el otro se empeña en poner barreras para impedirlo.
He querido comenzar así la historia de nuestra pequeña aventura hasta la gran cima de la montaña, porque fue un poco lo que sentí, y me parecía importante haceros saber que a pesar de lo dicho, gracias al gran equipo que me toco, logre subir, logre bajar y hoy, lo puedo contar como una bonita experiencia (que, por cierto, no creo que la repita, porque con una vez, creo que basta). Así pues, después de esto pasaré a relatar un poco como fue pasando el día y relatando más o menos lo que ocurrió, o por lo menos, lo que puedo recordar, porque en esos momentos no estaba yo muy para observar.
Llegamos a las 10:30 allí. Entramos al pabellón y nos sentamos esperando a que vinieran los alumnos/as de educación física. Hay que decir que llegaron un poco tarde, y que el recibimiento fue un poco escaso, es decir, tan sólo dijeron “hola” y pasaron hacia dentro para coger los materiales que tenían guardados, no es que esperáramos un gran recibimiento con globos y esas cosas que se llevan en los grandes eventos, pero… un poco de motivación a esas horas no hubiera venido nada mal. Una vez hecho esto, salieron nos dieron a cada una unas cuantas cuerdas, telas o bolsas, y salieron sin más hablando. Así pues, al principio creíamos que iba a ser un poco como el año pasado, donde nos habían informado que ellos formaron un grupo y que no se relacionaban con los que fueron. Más tarde nos separaron en dos grupos, y nos dijeron que fuéramos con un grupo o con otro, aunque hasta cruzar el rio no nos dividimos.
De camino al río, ellos iban en un grupo, y nosotras, las que fuimos, íbamos atrás hablando entre nosotras, es decir, no había nada de relación entre ambos.
Cuando llegamos al rio, se pusieron a montar el puente y la tirolina. Nosotras nos dividimos, puesto que unas prefirieron una opción y otras otro. Mientras que montaban todo, nos quedamos allí sentadas, con un chico y una chica de educación física que nos fueron preguntando sobre si nuestra asignatura era obligatoria, porque íbamos, para que era la actividad, etc. Es decir, comenzó así una “bonita amistad” o por lo menos un mínimo de conversación.
Por diversas causas, al final tuvimos que dejar la idea de cruzar el puente por la tirolina puesto que iba muy lenta y acabamos todos cruzando por el otro medio disponible. Una vez hecho esto, nos juntamos con nuestro grupo, que estaba formado por tres chicos y una chica de educación física y cuatro de nosotras. Lo primero que hicieron fue explicarnos cómo manejar la brújula, el mapa y como nos debíamos de orientar, y después comenzamos a realizar nuestra ruta. Durante el camino nos iban a hablando y explicando lo que veíamos, lo que nos podía ayudar para orientarnos en la montaña, la ropa apropiada, el calzado, etc. Hay que decir, que la mayoría de las veces recibíamos las explicaciones por parte de los chicos en mayor medida, puesto que la chica se mantenía más callada.
Durante todo el camino nos iban preguntando que tal íbamos, dando ánimos, preguntando por donde queríamos ir, que era lo que veíamos, que hacían ellos en otras actividades, e íbamos todos juntos.
Una vez que comenzamos a subir más, y era todo más en cuesta, yo no podía más, y se mostraron muy atentos, se sentaron conmigo, me esperaron, me preguntaban continuamente, llevaron mi mochila a cuestas, me abanicaron, y me daban ánimos continuamente. Aunque aquí empezó a ver más distancia, puesto que dos de nosotras y uno o dos de los de educación física siguieron subiendo. Quedándonos dos y dos, más abajo.
Estando por fin arriba, y habiendo conseguido nuestro objetivo, dos de educación física se tuvieron que ir, puesto que tenían prisa y optaron por ir por un camino que tenía más pendiente pero era más rápido. Mientras que nosotras y dos “monitores” fuimos bajando por el camino. Además durante el recorrido se nos enseño un nido, nos explicaron que era de perdiz, el porqué lo sabía, y todo lo relacionado. La verdad es que estaban muy pendientes de nosotras.
Cuando llegamos al río, nos encontramos allí con el profesor que nos presto también ayuda para poder pasar. Mientras que los chicos al llegar se fueron rápido, sin despedirse apenas de nosotras. Aunque una vez que volvimos, al llegar también al pabellón nos encontramos con ello y se mostraron muy atentos, se sentaron con nosotras un rato nos dieron su email y nos dijeron que nos pasarían las fotos.
También debo de decir, que ellos mismos se habían repartido como dos roles, uno de ellos era el que lideraba el grupo y siempre proponía ir por los caminos más difíciles, y otro, el que proponía subir por los senderos que aun siendo más lentos no eran tan complicados. En todo este entramado se podía ver de todas formas quien era perfectamente el líder del grupo y quien eran los seguidores.
Esto fue un poco nuestra larga mañana subiendo las grandes montañas de los Alpes (por lo menos), ahora podemos decir que vimos Alcalá desde vista de pájaro, y que días más tarde no se ve tan mal como cuando estas allí, incluso da ganas de volver a salir al campo (pero recordar, llevar mucha agua, zapatillas que no escurran, chanclas, pantalones cortos, crema para el sol y algo de chocolate). Por cierto, no es por justificarme, pero al día siguiente de esta excursión fui a donar sangre y resulta que no me dejaron porque tenía anemia, así que, como comprenderéis, no fue porque no estuviera en forma (que lo estoy indudablemente) sino por circunstancias anímicas que una, no controla.
A MI REGRESO

Volví. Regrese a la rutina diaria. Ya no ando por las calles de Roma, no hablo en un medio inglés, italiano y castellano, no veo nada nuevo, no me encuentro a nadie con ese acento típico. No me muevo, no monto horas en un autobús para ir a Napoles, ya no estoy en Pompeya, no ando entre las antiguas calles, no veo nada que se salga de lo habitual.
¿Y Roma? Sorprendente, todo es historia, en cualquier calle pueden encontrar algo, o algún detalle que te indica el paso del tiempo, lo curioso, es que cuando estas allí el tiempo no pasa, porque te quedas atrapado por todo lo que encuentras.
Las ciudades medievales como Asis, en las que cualquier momento, es bueno para tirar una foto. O Siena, con sus barrios, sus iglesias, su plaza en forma de concha, sus estandartes, sus banderas, la gente, el turismo, sus historias y anécdotas.
Florencia, la ciudad que me iba a encantar, de la cual me esperaba todo y me dio tan solo una catedral y un montón de palacios renacentistas, además de una guía local valenciana, que sinceramente, parecía más bien como si nos estuviera dando una vuelta por su casa. Claro está, que toque el morro del jabalí, porque aunque de todo haya sido lo que menos me ha embrujado, estaría siempre dispuesta a volver porque el mejor cappuccino esta allí, en la cafetería más antigua, y en la que de estar en la barra al sentarte en la mesa hay una diferencia de unos cinco euros aproximadamente.
Pavua, ciudad grande, pero del norte, y esto se nota en su gente, más seria, menos latina, menos cercana, pero siempre italiana.
Pisa y su torre inclinada, la verdad, es que no solo es ella, es todo, todo el conjunto, todos los elementos que hay a su alrededor, la impresión nada más verla, la gran pregunta, el gran interrogante, su inclinación, el porqué todo fue destruido por las bombas y ella sigue allí, expectante, esperando a caer algún día.
Milán. Dicen que es una de las ciudades donde la gente va más elegante, y cierto es, pues nunca había visto a mujeres portando trajes de Armani con tacones de quince centímetros y montando en bici, y aunque esto resulte sorprendente, me impacto también su gran catedral de un claro estilo gótico, estar arriba del todo, andar por sus tejados, y en cada paso preguntarme como la habrían construido, como habrían hecho esas torres, quien era el encargado de hacer tantas figuritas para adornarla…un gran obra y una gran maravilla.
Y por último Venezia, porque es especial, porque me enamora esa ciudad. Siempre al verla por televisión, al observar fotos, decía que algún día quería ir, pero ahora que he estado allí, diría que no puedo estar lejos de ella, porque el ambiente es cautivador, los canales, las góndolas, los gondoleros con sus camisetas de rayas y sus gorritos, las máscaras, las palomas, los puentes, el agua y la tierra, su batalla particular, …, todo estaría bien si estas en Venezia.
Es decir, si algún día no me veis por aquí, recordar que estaré en Italia, porque estoy enamorada de ese país, de su gastronomía, de sus ciudades, de su gente, de su acento, de su idioma, de los viñedos, de las ruinas, de su historia, de sus fuentes y canales, de sus cafés, de sus costumbres, y de su forma de ser, y no es que me vaya allí apropósito sino porque me habré perdido en alguna calle, porque me habré quedado simplemente el cielo de Italia.
OTRO LIBRO MÁS

Vuelvo a nombrar otro libro, esta vez de la misma autora, Lucia Etxebarria, no es que sólo lea sus libros, pero el anterior me gusto (bueno un poco flojo al final) pero leyendo críticas había escuchado que el mejor de ella, era el que he comenzado: "Beatriz y los cuerpos celestes" asi que aqui os pongo un poquillo de lo que va, por si a alguien le pica el gusanillo :)
Tres mujeres: Cat, lesbiana convencida; Mónica, devorahombres compulsivaa, y Beatriz, que considera que el amor no tiene genero. Tres momentos de la vida de una mujer: su infancia encerrada en un hogar claustrofóbico y escorado entre las presiones familiares; su adolescencia, una permanente huida hacia adelante, y su juventud como exiliada sentimental, teñida de la nostalgia por su ciudad natal. Y dos ciudades: Edimburgo, sombría y vertical, y Madrid, horizontal y luminosa, para una una novela única sobre el amor a los amigos, a la familia y a los amantes.
Bueno, ¿a alguien le llama?
NO HAY VERDADES ABSOLUTAS

Partimos de la idea de que lo que decimos, de que lo que pensamos, siempre es lo correcto. Llevamos razón porque es lo que hemos escuchado siempre, porque nos basamos en nuestras experiencias, porque es lo que percibimos desde nuestro punto de vista.
Cuando discutimos hacemos que escuchamos, prestamos atención, pero la mayoría de las veces, no lo hacemos con la finalidad de buscar nuevas perspectivas, sino para debatirlas y contradecirlas. Nunca estamos equivocados, la verdad está de nuestro lado, sale de nuestra boca.
En algún momento, podemos llegar a pensar que la otra persona también tiene su verdad, y por ello, podemos pensar que nunca llegaremos a un acuerdo, dejando la discusión zanjada y defendiendo la idea de que los demás no nos van a cambiar la nuestra, ni nosotros la de ellos, y así, de esta forma, resolvemos nuestros conflictos. Marcamos una línea donde colocamos en cada lado al otro y al yo. Zanjamos la discusión y pasamos a otro punto.
De esta forma, ¿resolvemos algo? Evidentemente no, olvidamos el conflicto, que volverá a resurgir en otro momento. Nos encontramos en el cuarto grado de la conciencia.
Para poder dar una respuesta a todo esto, para no dejar nada apartado, debemos tener en cuenta que las personas no tenemos la verdad, solo se nos ha prestado una parte de ella. Estamos construidos por parcelas. Nadie ha pasado por lo mismo, nadie lo ha vivido igual, nadie interpreta los hechos de la misma forma…así pues, ante una discusión ¿por qué no pensar en esto? ¿Por qué no nos damos cuenta de que tal vez nosotros mismos somos los que podemos estar equivocados? O ¿Qué tal vez solo sabemos uno de los reflejos de la verdad?
A lo largo de la historia hemos estado ante auténticas verdades que no se cuestionaban, como que la tierra era la que estaba en el centro del sistema, que no era redonda y cosas parecidas. Hechos que eran incuestionables, y por los que murieron personas a decir lo contrario, y ¿el final? Creo que lo sabéis, por ello, ¿ante un conflicto porque no sabemos abrir nuestra mente? ¿Por qué no vemos más allá? ¿Por qué nos empeñamos en ponernos un pañuelo de color negro ante nuestros ojos? Y en definitiva ¿Por qué la verdad nos pertenece?
BIBLIOGRAFÍA:
R. Kegan (2003) Desbordados.
NUNCA TE PEDIRÍA NADA, PORQUE SE QUE ME DARÍAS TODO

Es inmensa, me atrapa, no me deja salir. En cuanto pongo un pie en el suelo, me pide que vuelva, que no me vaya aun, ¿y yo? No puedo defraudarla, vuelvo a ella, y cuando lo hago me pierdo. Es lógico que no me encuentres, es cierto que desaparezco. Mi cuerpo lo puedes ver, pero yo he dejado de ser.
Me quedo tendida entre sabanas blancas, y mis brazos alrededor de tu cuerpo. Pero mi mente, necesitaría una brújula para encontrarse. Porque no encuentra la salida entre tantas sensaciones que despiertas, entre tu olor, tu voz, tus manos, creo que intenta guardar cada milésima de segundo, creo que debe atender a demasiadas cosas, y por ello, no encuentra la puerta con la luz característica que deja ver la palabra de “Exit”.
Necesitaría millones de carteles, miles de indicaciones, para dejar de abrazarte. Para no perderme entre las nubes que cubren tu cama, necesitaría un mapa que me dijera qué debo hacer para volver a la vida, y lo más curioso es que, en ese momento en el que estoy más pérdida, es también el momento en el que más viva me siento.
No necesito nada, y a la vez lo necesito todo, porque para mí, tú eres mi “todo”. Lo demás, pequeños detalles que nos acompañan, luces que se mueven alegremente alrededor, sonidos que hacen que el sueño sea más apacible, voces que intentan callar al silencio…
Nunca te pediría nada, porque sé que me darías cualquier cosa. Pero hoy perdóname, tengo que hacer una excepción, quiero que me otorgues un hueco a tu lado cada noche, quiero compartir lo que sueño contigo y quiero que mientras lo hago, al igual que hasta ahora, nunca me sueltes de la mano.
¿SIGO SIENDO?

Ayer descubrí que ya no era la misma. Las fotos ya no reflejaban lo que era ahora, ni reconocía mis escritos, por más que los leía. Todo había cambiado. Mis peluches de la habitación fueron desapareciendo poco a poco, las muñecas fueron guardándose en pequeñas cajas con una cosita de esas para que no puedan atacar las polillas y, la habitación fue llenándose de libros, pequeños adornos y algún que otro aparato electrónico de esos que sirven para el entretenimiento.
La pregunta que surgió en mi mente parecía evidente, ¿quién soy? Podía mirar atrás y saber quién había sido todo este tiempo, la hermana que pinchaba siempre a su hermano en busca de unas risas, la prima que escuchaba, la nieta que siempre estaba haciendo el ganso en casa, y ¿ahora?. Creo que ni tengo tiempo para ser. Siempre me creí libre y ahora es cuando más atrapada me encuentro. Es verdad que cuando creces también crecen tus responsabilidades, pero en este momento, creo que han crecido demasiado, porque soy incapaz de hallarme.
Me dejo llevar por una agenda llena de cosas por hacer, por mandatos que mandan realizar antes de ayer, por reflexiones que me obligan a pensar cuando no se dan cuenta que para reflexionar debe existir un tiempo, y precisamente ese tiempo es el que dedico a dormir.
Alguien me dijo que entre la noche y el día no hay pared, yo creo que sí, porque por mucho que se quiera hacer, cuando llegamos a un punto de “saturación”, dejamos de funcionar. La mente se bloquea, pasas el tiempo haciendo cualquier cosa que no sea lo que te dictan, buscas esos minutos escasos donde poder apoyar tu mente y dejarla descansar, tan sólo para intentar encontrar esos momentos que eran tuyos, esos en los que disfrutabas colocando todos los playmovil y luego los desmontabas, en los que te pasabas una hora cambiando vestiditos a una muñeca buscando cual le quedaba mejor, esos momentos en los que te pertenecían, en los que nadie ponía todo su esfuerzo por ocuparlos, porque sabían que eran necesarios.
Ahora, después del tiempo, todos se empeñan en llenarte las hojas, en descargar en ti todo lo que a ellos le sobra para poder disfrutar de dos horas de descanso al día, y mientras, yo voy desapareciendo paulatinamente, dejo de ser, para convertirme en un robot, que apila las tareas a un lado y las va completando a la vez que avanza el día.
¿Mi único momento de descanso? Este, el que dedico a manifestar que no tengo tiempo, pero el que me deja entrever algo de lo que sigo siendo.
NUNCA HE TENIDO DERECHO A LAS PREGUNTAS

El otro día leí esta frase en un libro: “nunca he tenido derecho a las preguntas”. Y entonces caí en la cuenta que yo tampoco, o por lo menos no contigo. Fue una batalla intensa en la que se lanzaban interrogantes y yo debía contestar rápidamente, enlazando mis pensamientos, hilando lo más aprisa que podía cada palabra, cada frase. Al final, el resultado quedaba inundado por grandes incoherencias que no tenían ningún sentido.
De esta forma, fuiste navegando en mis palabras y cogiendo solo aquellas que más te convenían. Y hoy me doy cuenta que en realidad la persona que se protegía detrás de tantas cuestiones eras tú. Rodeada siempre del misterio que te envolvía, detrás de esos ojos que intimidaban, detrás de tu posición de brazos cruzados que daba poca confianza para acercarse. En realidad, eran tu escudo y a la vez eran tus armas… y yo, simplemente un juguete, un simple muñeco que jugaba a esquivar las balas, a intentar buscar huecos donde tú los cerrabas.
Hoy me pregunto, porque no lance una defensiva, un ataque frontal, un batallón de esos que salen en todas las películas. Porque no fui capaz de defenderme como tú lo hacías, aunque claro, yo no tengo tus ojos penetrantes, yo muestro mi miedo, yo me asusto y, como lo hago te lo muestro. Entonces tú, aprovechas y te haces más fuerte, más grande, más poderosa. Llegas a ocupar todo el espacio a la vez que yo me reduzco a una milésima parte de la habitación, y quedo enjaulada en un rincón de ella.
Esas son mis circunstancias, esas son las que me aprisionan, las que me riñen, las que me tienen atrapada y arrinconada contra una pared. ¿Qué podemos vencerlas? Está claro que sí, porque si no, no estaría aquí, además las dificultades están para eso, para vencerlas y no para que nos venzan.
DOS ALMAS

No suelo hacer estas cosas, pero esta vez tengo que copiar. Buscando por internet he encontrado este texto que como me ha hecho tanta gracia he decidido trasladarlo aqui para que lo podais leer todos, espero que os guste.
DOS ALMAS
Por Luis Buero
Cansado de tantas frustraciones amorosas, había decidido no volver a interesarme por una mujer. Por culpa de la publicidad televisiva, las películas condicionadas y algunos chistes verdes, me resultó imposible enfrentar yo solo, la soledad..
Entonces, desde que Ella y Yo somos novios, encaro esta relación de pareja de otra manera. Ella también ha sufrido mucho y si bien tenemos caracteres totalmente opuestos, ella ha dejado que determine el curso de nuestras vidas.
Sabiendo que el amor eterno dura, más o menos, dos años, o treinta meses, no más, la técnica que utilizo para que nuestra unión perdure es la del desencuentro. Por ejemplo, un sábado la llamo por teléfono antes del mediodía y le digo las palabras de amor más bellas que un humano pueda imaginar. Con aire romántico, no olvido elogiar las partes de su cuerpo que más venero, provocándole una gran ansiedad.
Luego propongo encontrarnos en la zona de Retiro, digamos, junto a la Torre de los Ingleses, entre pajueranos y marineros.
Pero ella sabe, (sus venas y nervios lo saben), que yo no iré, que investigaré en el mapa de la ciudad cuál es el lugar geográficamente opuesto y desesperado, como si en realidad fuera allí donde la cité, la rastrearé por todas partes. Quedaré desolado.
Ella, por su parte, me esperará infructuosamente en el sitio indicado, y volverá amargada y tensa al hogar.
Otras veces le he dicho que voy a estar caminando por la avenida Rivadavia del 4200 al 5500, entre las seis y siete de la tarde. Si quiere verme deberá caminar en el mismo sentido o de manera inversa en ese horario. Pero como supone que puedo haber entrado en un bar o negocio, estar sentado en un gran banco de la Plaza Lézica o recorriendo un shopping nuevo, o paseando por las galerías de José María Moreno, estará nerviosa y expectante todo el tiempo.
Ella, a su vez, me ha citado en calles sin nombre y sin número, o cortadas tan pequeñas que ni figuran en los mapas, o frente a un barco rojo o negro en el puerto de La Boca, o frente a cierta tumba sin flores del cementerio de Avellaneda.
Nos hemos intentado ver en los ascensores de la firma Olivetti, en la tribuna popular de Boca un domingo en pleno clásico, en los pasillos del laberíntico Ministerio de Bienestar Social, en las salas de la Biblioteca Nacional, en las escaleras de la Caja Nacional de Ahorro, frente a la Casa Rosada un primero de mayo de aquellos en los que todavía los presidentes convocaban a las masas, durante una peregrinación a la Basílica de Luján y en la estación Plaza Miserere a eso de las siete de la tarde, cuando los hombres suben a los trenes como ovejas espantadas. Fijamos como fecha posible para nuestra boda, el día en que vuelvan a juntarse Los Beatles.
Desde que empezamos el noviazgo, hace siete meses, solo la he visto cinco veces, de las cuales dos son válidas y circunstanciales, pues de las otras tres, dos fueron reuniones de familia y en la tercera hice trampa.
Pero en esas dos, en esas dos verdaderas, nos amamos hasta la locura, nos mordimos las lágrimas y las manos, y juramos, entre besos, seguir buscándonos toda la vida.

