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LIBROS DE REYES

Como hace mucho que no escribo nada sobre mi biblioteca personal, he decidido que hoy era ese día, porque me encuentro totalmente enganchada a uno de ellos, al último de los que me regalaron el día de reyes. Aunque primero, voy a hacer una señalización de aquellos que ya me he leído, que como siempre, me han gustado mucho, porque cada uno es diferente, de un estilo distinto y todos me aportan algo:
-El mejor lugar del mundo es aquí mismo: una novela que nos ofrece un pequeño curso de felicidad cotidiana. Se trata de una lectura inspiradora que regala pequeñas pistas para descubrir y dejar aflorar la magia latente en nuestro interior y que tantas veces no alcanzamos a ver.
Toda la historia se centra en Iris, una chica que está destrozada desde la muerte de sus padres en un accidente. Una tarde fría y gris en que el mundo parece no tener sentido, empieza a caminar sin rumbo por el barrio para evitar volver, sola, a su casa. Justo cuando empieza a pensar en cometer una locura, descubre un pequeño café en el que nunca antes se había fijado. Su extraño nombre, El mejor lugar del mundo es aquí mismo, le intriga tanto que decide entrar a curiosear. Allí conoce a Luca, con quien charlará durante seis tardes consecutivas en diferentes mesas donde sucederán cosas maravillosas.
Iris tiene la impresión de que Luca sabe mucho más de la vida de lo que le correspondería por su formación modesta. Mientras se enamora lenta pero irremisiblemente de él, hablan entre aromas de chocolate de todo aquello que necesita saber para su existencia. Hasta que la séptima tarde, Luca desaparece.
Pronto comprende que no acudirá más al café y, desesperada, se entrega a buscarlo sin pausa. En el local abandonado donde había estado el café encontrará pistas que le desvelan un enigmático pasado. Pero la revelación más grande, que dará un giro de 180 grados a su vida y su visión del mundo, está aún por llegar...
- Los tesoros de Audrey Hepburn: Fotografías y recuerdos de una vida llena de estilo y determinación. «Mi vida ha sido mucho más que un cuento de hadas», dijo Audrey Hepburn en una ocasión. Ciertamente, fue mucho más compleja y absorbente que cualquier película de Hollywood. Desde sus primeras actuaciones para la resistencia holandesa durante la segunda guerra mundial, sus días de cabaret en Londres y sus papeles en Gigi y Vacaciones en Roma, hasta su inagotable trabajo como embajadora internacional de buena voluntad de UNICEF, su vida fue un ejemplo de estilo y determinación.
"Los tesoros de Audrey Hepburn" rezuma la esencia de este ser humano extraordinario a través de sus propias palabras y de doscientas fotografías cuidadosamente seleccionadas, que ilustran algunos de los momentos más significativos de su vida. Una narración única, personal y reveladora, acompañada por reproducciones de documentos privados como su carné de identidad durante la guerra, su contrato para el musical "High Button Shoes2 o una carta de Truman Capote. Pedacitos de la vida de la niña que soñaba con ser bailarina y enseñaba ballet a refugiadas, de la mujer a la que todos adoraban y del icono que supo aprovechar su fama en beneficio de los niños.
Título con el que iniciamos la nueva colección Música y Cine de Libros Cúpula.
Debido a sus trabajos, las autoras del libro viven y respiran Audrey Hepburn cada día de sus vidas, motivo por el que disfrutan de una perspectiva y conocimientos únicos sobre su vida, su carrera y quién era en realidad. Cuentan, además, con el respaldo de los hijos de la actriz: Sean Ferrer (que también ha escrito el prólogo) y Luca Dotti.
Libro de coleccionista con una cuidada selección de fotografías de la actriz en la intimidad, con amigos y familiares. También incluye algunas de las instantáneas que la convirtieron en un icono, así como reproducciones de documentos privados: guiones con anotaciones, cartas, contrato
- La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina (soy adicta a él): Lisbeth Salander se ha tomado un tiempo: necesita apartarse del foco de atención y salir de Estocolmo. Trata de seguir una férrea disciplina y no contestar a las llamadas y mensajes de un Mikael que no entiende por qué ha desaparecido de su vida sin dar ningún tipo de explicación. Las heridas del amor las cura Lisbeth en soledad, aunque intente despistar el desencanto con el estudio de las matemáticas y ciertos felices placeres en una playa del Caribe. ¿Y Mikael? El gran héroe, el súper Blomkvist, vive buenos momentos en Millennium, con las finanzas de la revista saneadas y reconocimiento profesional de colegas y medios. Ahora tiene entre manos un reportaje apasionante que le propone una pareja, Dag y Mia, sobre el tráfico y prostitución de mujeres provenientes del Este. Las vidas de nuestros dos protagonistas parecen haberse separado por completo, y mientras... una muchacha, atada a una cama soporta un día y otro día las horribles visitas de un ser despreciable, y sin decir una palabra, sueña con una cerilla y un bidón de gasolina, con la forma de provocar el fuego que acabe con todo.
La segunda novela de la serie Larsson, donde conoceremos cómo Lisbeth ha llegado a ser quién es. El interés, la complejidad y maravillosa riqueza de trama y personajes va in crecendo. La acción es de cortar el aliento. Los hechos que van desvelándose, absolutamente impactantes. No se puede pedir más a la segunda novela de una trilogía: que supere de calle las expectativas creadas con la primera y que vuelva a crear en el lector la necesidad de leer más.
¿ALUMNOS CON PROBLEMAS EMOCIONALES Y DE CONDUCTA? I PARTE

Normalmente, cada vez que se habla de alumnos con problemas emocionales y de conducta se comienza a describir todas las consecuencias que traen dentro de la educación, los inconvenientes que se plantean para los profesores y los dañinos que pueden ser para otros alumnos, o como dice Marchesi (2004) : “ Los alumnos que tienen un comportamiento disruptivo no sólo no aprenden ellos, sino que no dejan aprender a los demás y convierten la hora de clase en una lucha continua que pone a prueba la preparación y el equilibrio personal del profesor”. Pero ¿Qué pasa con esos alumnos? ¿Por qué se comportan así? ¿Reciben una educación adecuada a sus características? ¿Su estilo de aprendizaje es igual a los demás? ¿Todos los alumnos necesitan y aprenden de la misma forma? ¿La causa de estos problemas es más un problema en el estilo de enseñanza? ¿Conectan los conceptos con los centros de interés de los alumnos? Estas preguntas que me planteo podrían extenderse a todo el alumnado, puesto que considero que cada alumno es diferente y tiene unas necesidades propias, pero si además, el entorno social y familiar donde vive, la trayectoria escolar, su propia autoestima y autoconcepto, el nivel de desarrollo, el nivel intelectual donde se encuentre, no ayudan a que ese alumno pueda autodirigir su aprendizaje, y pueda descubrir esa motivación interna, que le impulse a querer aprender, puede parecer lógico que pensemos que esta oposición, el negarse a todo lo que se dicte desde la escuela, a saltarse las normas…etc. pueda surgir ante algo que no se está produciendo como se desea.
Igualmente me ha llamado la atención de que sea en la adolescencia donde ocurran más estos problemas emocionales y de conducta, y que se diga que “el gusto por el riesgo es una forma de autoafirmación a los valores conservadores de prudencia y mesura. Estos comportamientos arriesgados se producen tanto para demostrar el valor personal como para conseguir el reconocimiento del grupo de los iguales” (Marchesi, 2004). Y me ha resultado interesante que se utilice esta idea para de alguna forma, llegar a la conclusión de que estos actos en su forma más extrema pueden llevar a la violencia contra los profesores, los compañeros o las normas de convivencia. Y destaco en negrita las palabras de “el gusto por el riesgo”, porque en realidad ¿a estos alumnos podemos decir que les atrae este riesgo? ¿Qué de verdad disfrutan? O son más bien, ¿impuestos por unas creencias o una presión grupal? Parece que en la sociedad donde vivimos, en la que todos los días podemos ver violencia en la tele, ¿está bien el ser pacífico? Con esto no hago apología de la violencia, ni creo que porque la veamos continuamente, sea una forma adecuada de arreglar los problemas, pero sí que encuentro, que para saber autocontrolarnos debemos tener una base, alcanzar una etapa del desarrollo moral donde podamos ver más allá, es decir, si echamos un vistazo a las etapas que propone Lawrence Kohlberg, podemos ver como cada una hace que seamos un poco más conscientes de que existen otras personas a nuestro alrededor, con sus intereses, gustos, valores, etc. En cambio, un porcentaje de este alumnado se queda estancado en una cierta etapa que hace que no vea más allá, que considere que sus intereses son los acertados y que pueden o no coincidir con otros, así pues todo es relativo, no hay un bien ni un mal, y por ello no hay normas. Y es que, este desarrollo hay que aprenderlo, y muchas veces creo que al etiquetar al alumno, y hacerle responsable del mal funcionamiento de la clase, del malestar de los profesores, se tiende a apartarle a un lado, a tenerlo como a un cero a la izquierda, no dejando de esta forma, que pueda aprender y desarrollarse adecuadamente. Así pues, podría decir que estoy de acuerdo con Marchesi en que la denominación de problemas de comportamiento debe poner el énfasis en el propio alumno y no tanto en la sociedad, puesto que si el individuo sabe y es consciente de donde se encuentra podrá establecer una guía de actuación independientemente de la violencia que haya en la sociedad, aunque sí que creo que si esto no existe, si no podemos establecer juicios de valor teniendo en cuenta los derechos universales entonces estaremos perdidos y entraremos a formar parte de esta vorágine de violencia donde nos situamos actualmente.
He escuchado muchas veces en los medios de comunicación que el agresor es aquel que tiene una gran carencia de habilidades sociales, y sobre todo que no es capaz de empatizar con las víctimas de ese maltrato en el que acaba muchas veces sus acciones, pero ¿a caso empatizamos nosotros los docentes con el alumno? ¿Somos conscientes de sus problemas? ¿De su problemática familiar si es que existe? ¿Hemos intentado acercarnos a él sin tener determinados prejuicios? ¿Y qué pasa con el alumno que tiene problemas emocionales, que no se caracteriza tanto por su comportamiento disruptivo, somos capaces de verle en clase? Con esto de “verle” quiero decir si los docentes hacen algo para “salvarle” o si simplemente como no molesta le dejan estar, sin prestarle apoyo a no ser que tenga un rendimiento bajo y eso les llame la atención, sobre todo, me refiero más a la educación secundaria dónde parece que los lazos entre profesores y alumnos se comienzan a romper, y no son tan estrechos como pueden ser en infantil o primaria. Así pues, ¿Qué podemos hacer? ¿Hay suficientes recursos para dar respuestas a todas estas necesidades que se plantean? ¿Un profesor puede estar pendiente de sus 25 alumnos? ¿Puede atender a cada una de sus necesidades? ¿Puede prever todas estas circunstancias? No me extraña que se hable de desasosiego por parte de los docentes, porque en realidad su trabajo es mucho de observación y, en una clase con tantas personas se debe estar atento a múltiples factores que se dan en el aula y fuera de ella.
Estos factores que se encuentran interrelacionados pertenecen a diferentes ámbitos: sociales, educativos, del propio desarrollo del niño…, así que una vez más, estoy de acuerdo con el modelo que subraya Marchesi en el que dice que debe ser de niveles múltiples, en los que se incluyen: sociedad, familia, sistema educativo, escuela, aula y alumno. Y me parece vital este modelo, porque las personas no vivimos encerradas en una escuela ni solamente formamos parte de un aula, sino que somos, como decía Aristóteles seres sociales, y ello implica que tenemos diversos campos de acción, que nos movemos en diferentes escenarios y que adquirimos roles distintos actuando de una forma u otra dependiendo, muchas veces de con quién estemos, y todo ello partiendo de una individualidad que seriamos nosotros mismos. Por lo tanto, si queremos abordar la dificultad que se plantea de “los problemas emocionales y de conducta” tendremos que tener en cuenta cómo se desarrolla esa persona desde todos los ámbitos o niveles. No podemos fragmentar la conducta de una persona, ni generalizar su acción si no la hemos visto en diferentes contextos.
Otra de las ideas que me ha llamado la atención y que me parece vital dentro del texto de Marchesi es la de: “es posible apuntar de forma provisional cuatro dimensiones que ayudan a comprender qué sucede en el mundo de los alumnos en cada escuela: la participación de los alumnos, su identificación con los objetivos educativos y la institución escolar, las normas internas establecidas y la estructura de las relaciones sociales”, porque creo que si no te sientes a gusto con los objetivos, si no has tenido nada que ver con las normas que se te imponen, es solamente eso, un deber que tienes que cumplir, algo lejano que viene desde arriba y en lo que tú no has tenido ninguna participación y, por lo tanto, no será nada tuyo y no te sentirás implicado, porque no será algo pactado. En cambio, si se puede participar, si sientes que has tenido algo que ver, se creará un lazo, un compromiso. Que se podrá saltar, pero al hacerlo, serás consciente de que te estás fallando a ti mismo. De la otra manera no fallas a nadie, no ha existido una confianza, simplemente te estarás saltando una norma establecida, un semáforo en rojo. Pretendemos que los alumnos sean autónomos pero, en realidad, solo queremos que sigan una serie de normas, porque cuando se trata de consensuar algo importante en la cultura escolar les dejamos a un lado.
¿ALUMNOS CON PROBLEMAS EMOCIONALES Y DE CONDUCTA? II PARTE

No nos damos cuenta de que la sociedad ha cambiado, de que la cultura va transformándose, y que la escuela muchas veces reacciona tarde, que no cambia, que a pesar de todas las leyes que se hacen no se producen cambios importantes en el día a día dentro del sistema educativo. Hace poco estuve en el colegio donde estudie desde primero de primaria hasta cuarto de la E.S.O. haciendo prácticas de psicopedagogía, y me parecía increíble que siguieran los mismos rumores, que los profesores siguieran diciendo las mismas cosas, que los pupitres fueran los mismos, con las mismas marcas de tipex, y que lo único que veías diferente eran los alumnos. Su aspecto a pesar de llevar uniforme se había modificado, con faldas más cortas, pantalones más anchos y más maquillaje. Su forma de hablar parecía distinta, tenían otros temas de conversación, escuchaban otra música, su pelo era distinto…es raro encontrarte en un sitio tan igual con unas normas idénticas y en cambio ver todo tan diferente y sentirte fuera de lugar. Porque su cultura había cambiado, la forma de relacionarse no era la misma. Yo me enviaba cartas en clase y ellos se mandaban mensajes por el móvil, al salir del colegio nos veíamos al día siguiente y ahora se veían en el Messenger…sin duda las nuevas tecnologías han ayudado a crear una nueva forma de comunicación que también repercute de alguna manera en cómo se interactúa, en cómo se relaciona y en cómo se puede llegar a marginar a otros compañeros por no disponer de estos medios. De hecho, durante mi estancia allí, me informaron como habían detectado que a través de estas herramientas electrónicas se estaban formando grupos entre el alumnado, perjudicando a aquellos que no podían acceder, y cómo servían de excusa para excluir a los demás.
A través de estas ideas y, haciendo hincapié en la cultura del alumnado, podemos entender mejor como si no aceptas estas normas que se imponen desde grupos más poderosos, o como denominábamos nosotros en clase cuando éramos más pequeños “los guays”, te quedas fuera, y necesitas apoyos para hacer que aunque no pertenezcas a ellos, seas válido, y poder formar otro grupo, y al final, en esas interacciones que se crean entre grupos, en esas normas establecidas entre unos y otros, se forja una cultura mayor dividida muchas veces en pequeños subgrupos. Aunque es verdad que estar sólo, como se dice en el texto “te priva de protección” y te convierte muchas veces en un blanco fácil. Así pues todas aquellas estrategias que hagan y favorezcan “la incorporación de todos los alumnos en algún grupo reducido de compañeros son de gran utilidad educativa”. ¿Pero de que estrategias hablamos? ¿Qué podemos hacer? ¿Se pueden llevar a cabo en cualquier curso o a cualquier edad? ¿Tienen los docentes la formación necesaria para llevar a cabo estas estrategias? ¿Ayudarán a los alumnos a mejorar su autoestima?
A través de mi aprendizaje y durante la carrera de psicopedagogía se ha puesto mucho hincapié en el aprendizaje colaborativo, pero de una forma experiencial, es decir, ¿qué mejor forma de aprender algo que experimentándolo tu mismo?, así pues, conozco algunas de sus ventajas y aunque no soy una experta en el tema, creo que sí que puedo reconocer ciertos aspectos que resultarían bastante positivos para mejorar las relaciones y la comunicación entre los alumnos y entre el profesor – alumno. Dentro de esta forma de aprender toma un papel principal el alumno, pero también el profesor, el cual, debe cumplir con las actitudes y habilidades que expone Marchesi en su texto:
- Mantener expectativas realistas pero elevadas hacia estos alumnos y hacia sus posibilidades: en el aprendizaje colaborativo se le concede al alumno mucha autonomía con lo cual estaríamos haciéndoles responsables de su propio aprendizaje y otorgándoles una gran responsabilidad, así pues, podríamos decir que se confía en ellos y en sus posibilidades, y personalmente, puedo añadir que se obtienen buenos resultados, aunque sería más importante el proceso que nos ha llevado hasta allí, que los resultados en sí.
- Comprender las posibles causas y efectos de la conducta disruptiva de los alumnos: es posible que en algunas ocasiones, debido a lo acostumbrados que estamos a la enseñanza tradicional, esta nueva forma de aprender, no sea del gusto de todos los alumnos, y haya jóvenes que se muestren disconformes con el modo de dar la clase o con el profesor, adoptando un comportamiento disruptivo en el aula. Por ello creo que es muy importante que ese maestro sea una persona proactiva, que funcione como un “continente”, que sepa recibir la información que se le transmita y que pueda devolverla de una manera pausada e intentando mostrar distintos puntos de vista a la persona que tiene en frente. Aunque para esto, como bien se dice en el texto, no se puede dejar a la improvisación y hay que tener una gran formación para poder llevar a buen fin estas situaciones.
- Transmitir confianza a los alumnos: como he dicho en un principio, el aprendizaje colaborativo es una forma de mostrar que se confía en los alumnos, porque el profesor es un guía, que muestra su apoyo y su ayuda a los posibles problemas que puedan surgir, pero no se inmiscuye en el trabajo de sus alumnos, deja que les surjan las dudas, lo cuestionen todo, y puedan compartirlas con sus compañeros para poder buscar una respuesta. Creo que en esta situación es en una en la que he sentido que más se confiaba en mi misma por poner un ejemplo, porque por un lado se crean inseguridades al cuestionarte muchos conceptos y parece que entras en un mar de dudas, pero finalmente cuando te pones a pensarlo, ves como te han concedido una gran confianza, porque te han dejado ser y pensar por ti misma, te han dejado descubrir, no te han puesto barreras a la hora de decirte que está bien o que está mal. La relación con el profesor cambia, porque deja de ser una persona que se sube a una tarima para ser alguien que se encuentra a tu mismo nivel, que te puede enseñar pero también tú puedes enseñarle a él, por lo tanto es una confianza mutua que se fragua entre todos los miembros del grupo.
- Ser capaz de expresar lo que sienten los alumnos y también los propios sentimientos: indudablemente en estos procesos, se siente miedo, frustración, y sobre todo te sientes, muchas veces, perdida. Pero porque cuestionas cosas que te habían dado por hecho y tú las habías creído sin más, y al tambalearse esos pilares te sientes envuelta en una gran crisis. Aunque lo bueno de estas crisis, es que no estás sola, porque tienes a tus compañeros, no aquellos que se sientan en un pupitre en la otra fila, sino algo mucho más grande, porque se comparten metas y objetivos comunes. Esa participación que nombraba en un principio se da lugar en este tipo de enseñanzas y ayuda a que las relaciones que se crean dentro de un grupo no sean tan segregadoras dividiendo todo en pequeños subgrupos, sino que se participe más como una unidad. Fuera de las paredes del aula podrán surgir diferentes lazos entre unos y otros, pero no creo que existan esas situaciones insostenibles donde podríamos detectar a los alumnos con problemas de conducta, o situaciones de marginalidad, porque en el aula favoreceremos la comunicación, y la expresión de los sentimientos, fortaleciendo habilidades sociales que nos permiten integrarnos mejor dentro de los diferentes contextos.
Con esta filosofía también se permite atender a los diferentes ritmos y necesidades de los alumnos, porque son ellos mismos quienes lo imponen, quienes dirigen la clase. Y se ayuda a que la relación con el profesor sea más estable, y que haya más confianza, permitiendo que los diferentes conflictos se puedan resolver de forma más positiva y a través del diálogo.
Con todo esto, no quiero decir tampoco que el aprendizaje colaborativo sea la panacea, ni que sea la respuesta a todos los problemas que se producen en la educación, pero sí que es una filosofía que ve las relaciones como más igualitarias y no tan asimétricas, por lo tanto, muchos de esos comportamientos disruptivos dejaran de serlo, por ejemplo: si un profesor prohíbe comer chicle en clase, y si detecta a algún alumno haciéndolo, procede parando la clase, se enfrenta con el alumno, comienza una discusión…podríamos decir que el alumno mantiene una conducta disruptiva, porque según Sanders y Hendry (1997) “la conducta disruptiva es cualquier conducta que entorpece el orden y la disciplina en la escuela y el bienestar educativo de los alumnos escolarizados en ella”. Pero en cambio, si no llamamos la atención a comer chicle en clase, sino lo vemos como un impedimento para que el alumno aprenda más o menos y no lo destacamos por encima de lo demás, ¿estamos haciendo algo incorrecto o estamos pasando por alto una situación que no impide ni pone en peligro el bienestar educativo? Al fin y al cabo ¿Qué consideramos disruptivo?, creo que las palabras de entorpecer el orden y la disciplina de la escuela, dependerán de las normas que se hayan creado anteriormente, y que estarán ligadas a la cultura escolar. Pero también creo que tiene mucho que ver con la seguridad y la formación del propio profesorado, y de cómo reaccionan ante estas situaciones. Si el docente es muy rígido o inflexible cualquier comportamiento que vaya en contra de sus creencias, cualquier actitud que pueda interpretar como un ataque a su identidad pueda valorarlo como algo negativo, se le cuestiona delante de todos los alumnos y eso muchas veces es imperdonable. Pero, si por el contrario tomamos esto como una duda, o algo que podamos aprovechar en nuestro beneficio, como un modo de arranque para lo que queremos expresar, puede ser beneficioso. Si el profesor está abierto, se muestra dialogante, y no se ve superior a sus alumnos será más fácil encontrar un punto de encuentro, donde alumnado y docente puedan entenderse. Podemos decir que todo depende de las lentes que se utilicen.
A través de todo lo que llevo expuesto, creo también, que queda claro de qué lado estaría si me tuviera que posicionar entre los dos polos que se ofrecen de estrategias de intervención dentro del texto de Marchesi, es decir, las que ponen en primer plano el castigo, la separación, la organización de grupos especiales o la expulsión, y las que creen en la inclusión, la participación, los cambios en el currículo y la educación emocional. Sinceramente, no considero la primera opción como algo beneficioso ni tampoco la entiendo mucho, porque los alumnos se rebelan contra unas normas, contra algo pactado, y lo único que hacemos es ¿incrementarlas? ¿Administramos castigos que consisten en la expulsión? ¿Separarles en grupos especiales? Es decir, todo lo que queremos que no hagan, en realidad lo estamos favoreciendo, porque estamos prohibiendo su interacción con los demás, les estamos privando de que aprendan esas habilidades sociales que decíamos que harían falta, les restamos herramientas con las que puedan defenderse en un futuro, y al fin y al cabo machacamos su autoestima, les decimos: “no vales para estar con los demás”, les etiquetamos. Y creo que a estas alturas, no creo que haya una palabra que me guste menos que esta: “etiqueta”, porque ello significa unos juicios previos antes de conocer a la persona o como dice Gimeno Sacristán “si sé de qué categoría eres, me comporto contigo y espero de ti que actúes en la dirección que creo está asociada a esa categoría”, así pues una niña no va a ser Elena por ejemplo, sino que será la alumna de cuarto de la ESO que tiene problemas emocionales y de conducta y de la que esperaremos que no se porte bien, que nos desobedezca, etc., por eso, en este punto me parece importante lo que se dice en el texto de Gary Thomas (2005) de que se debe juzgar el acto y no la persona y que estos sistemas de categorías resultan muchas veces engañosos, además de que “se debe pasar de ser etiquetador de factores negativos a ser quién identifica una necesidad en el niño”, por lo tanto no es señalar y categorizar, sino comprender y ayudar.
Pienso que está bien que seamos conscientes de que existe este problema, o una necesidad por parte de este tipo de alumnado, pero ¿qué alumno no la tiene? Todos tenemos, como he dicho en un principio diferentes tipos de necesidades que tendrían que ser respondidas por el sistema educativo o como señala Gimeno Sacristán “en la escuela existe la heterogeneidad. La diferencia es lo normal. Si la variedad intraindividual e interindividual son normales y son manifestaciones de la riqueza de los seres humanos, deberíamos estar acostumbrados a vivir con ella y a desenvolvernos en esa realidad […] la educación en las instituciones escolares debería enfrentarse de manera natural con la diversidad entre los sujetos, entre grupos sociales y con sujetos cambiantes en el tiempo”
En conclusión, creo que nuestro foco principal debería estar en el niño con estos problemas emocionales o de conducta, en ver cómo se siente, que piensa, que anhela y que le preocupa, porque como hemos visto a lo largo de los textos, normalmente tienen baja autoestima, y en realidad se comportan así porque creen que es la única forma de defenderse, y considero importantísimo enseñarles que hay algo más, que existen otras formas de actuar, que los conflictos se pueden solucionar de diferentes formas, y en concreto que no tienen que reaccionar así para poder sentirse aceptados porque hay otros caminos que son más favorables y por los que pueden obtener mejores resultados. Esto, se hará siempre desde un tratamiento globalizado, es decir, como expone Thomas se debe tener en cuenta el contexto, y la institución donde se enmarcan estas necesidades. No sólo hay que centrarse en el niño, sino en todo lo que le rodea. Porque, de lo contrario, estaremos poniendo todo nuestro empeño en un sujeto aislado olvidándonos que está inmerso en un contexto más amplio.
BIBLIOGRAFÍA:
- Gimeno Sacristán, J (2000). El sentido educativo de la educación obligatoria. Madrid. Morata.
- Clough, P; Garner, P; Pardeck, J.T; Yuen, F (2005) Handbook of emotional and behavioural difficulties. Londres. Sage Publications.
- Marchesi, A (2004) Qué será de nosotros los malos alumnos. Madrid. Alianza.
- Stephen R. Covey (1997) Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva. Barcelona. Paidós.
- http://ficus.pntic.mec.es/~cprf0002/nos_hace/desarrol3.html (Última consulta día: 10 de Enero del 2009)
¿UNA MALA CAIDA?

Si, en efecto, estoy en el suelo. Me he caído en medio de la carretera. Fue un resbalón el que produjo mi caída. Un resbalón por parte de unos zapatos preciosos, que no pude resistirme a comprar y que ahora me traicionan de esta manera. Unos zapatos, que cada vez que me los pongo me juegan una mala pasada, pero que no puedo oponerles resistencia, porque, siempre me compro varias cosas a juego. Así que, si los abandono en el armario ¿Con qué me voy a poner el bolso gris y rosa? ¿Con que me pongo mi bufanda rosa y gris? Todo quedaría descompensado,…, por lo tanto, me da igual, deben seguir colocados en mis pies.
Pero hoy, como resultado de mi torpeza, he acabado con mi pantalón favorito roto, a nivel de la rodilla, con una raja de lado a lado y con la rodilla destrozada por la dureza del asfalto. Por lo tanto, me he preguntado ¿qué valen más los zapatos o los pantalones? De dinero más o menos me salieron por igual, pero esos zapatos son tan bonitos y esos pantalones…pegan con todo y… ¡¡¡me sientan tan bien!!! La verdad, es difícil deshacerse de cualquiera de los dos.
Así que, pienso en la vergüenza que he pasado, en medio de la carretera, con mis piernas simulando una “L”, con un zapato suelto que se me ha salido, con un chico riéndose montado en su coche rojo, y yo con unos carrillos cada vez más del mismo color que su coche. Pienso en cómo he maldecido la suela, la carretera, las prisas, el perder el autobús y el que no haya un paso de cebra. Pienso en cómo me he levantado como si estuviera perfectamente y no me hubiera visto nadie. Pienso en cómo he seguido andando pensando que llevaba tiritas en el kit que llevo en el bolso y en cómo me curaría en cuanto llegará a la parada de autobús. Y pienso en lo torpe que soy, en cómo se ha tenido que reír el chico que viajaba en su coche, en cómo he reaccionado, y entonces… me he comenzado a reír. Dicen que en este caso lo mejor es reírse de una misma, y no da mal resultado, a partir de aquí lo he visto de otro modo.
Tenía unos pantalones rotos, es decir, totalmente a la moda. Había hecho reír a una persona que, ¿quién sabe? ¿A lo mejor no se había reído en todo el día?. Me había hecho una herida, así que, cuando llegará a mi casa podría quejarme con total libertad. Se me habían ido totalmente todos los nervios que podría tener antes justo de una exposición que me tocaba ese día, y he llegado a la conclusión de que voy a raspar la suela del zapato o ha echarle coca-cola para que se quede pegado al suelo definitivamente.
SE BUSCA

- Española, 25 años.
- Procedente de una familia media- baja.
- Licenciada en económicas e informática
- Delito: Desfalco económico
- Condena: Los mismos que al Cachuli
- 6 meses en prisión.
- Su objetivo al salir: rescatar el dinero que tengo encubierto en una cuenta dentro del Triángulo de las Bermudas, irme al Caribe y seguir consiguiendo dinero, pero esta vez, voy a por algo más ambicioso, las arcas del Estado, porque él me va a encerrar durante años y yo le crearé la mayor crisis de la historia.
LA HISTORIA:
Cuando jugaba al monopoly siempre me gustaba construir hoteles y ganar más y más dinero. Hasta que al final arrebate el puesto a mi padre y conseguí ser la banca. A partir de aquí mi única meta era llenarme los bolsillos de billetes morados.
Años más tarde, cuando me toco elegir la carrera, escogí económicas, el mundo de las finanzas me atraía. Aunque poco después, descubrí que tenía un don, con el que podía conseguir mucho más que con una carrera universitaria. Así que, decidí adentrarme en ese mundo, el mundo digital.
Comencé poco a poco, una tienda pequeña, una cadena de ropa de poca tirada, una empresa,…, hasta que al final hice un gran desfalco…una especie de Julián Muñoz, aunque a lo grande.
En la actualidad, ya me veis, intentando conseguir un ordenador para desbloquear la seguridad de esta maldita celda…

